Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Praga, cincuenta años después

Se cumple medio siglo de la famosa Primavera de Praga con todo lo que entonces supuso de reivindicación de deseo de libertad y de respeto a la realidad nacional y cultural checas contra los abusos de la globalización soviética de esa época. La otra cara de la moneda, por cierto, de la globalización americana impulsada por los monopolios trasnacionales, la CIA y sus instituciones oligárquicas. Ambas caras de un sistema de dominación globalista mundial que se ha venido trasformando con el tiempo hasta la situación actual en que algunos métodos y protagonistas han cambiado, pero otros siguen. Y donde en muchos lugares se han sustituido los siniestros tanques por media prostituidos que contribuyen a la alienación popular difunden ideología averiada o noticias falsas. Otra forma de tiranía, más sutil pero no menos eficaz, sin duda.

Los nombres de muchos de los protagonistas, en algunos casos verdaderamente heroicos, acaso dirán poco a la mayoría de jóvenes actuales. Los Alexander Dubcek, Václac Havel, parecen personajes intérpretes de uno de los textos atormentados de Kafka. La Primavera checa duró poco, como la soriana que glosaba nuestro poeta Antonio Machado: “Humilde como el sueño de un bendito, de un pobre caminante que durmiera de cansancio en un páramo infinito”.

Pero dejemos las orillas del Duero y volvamos al Moldava. Visité Praga a finales del verano del año ochenta del pasado siglo. Junto con Alemania del Este, Checoslovaquia formaba el núcleo duro del Pacto de Varsovia. Praga era entonces una preciosa ciudad encantada, como perdida en una especie de limbo del olvido, sin apenas tráfico rodado, habitada por gentes de mirada perdida y desmoralizada, mal vestida, endurecida, pero de gran cultura y pasión por la música.

No había apenas viajeros. Yo había llegado desde la vecina Viena, atravesando la frontera austro checa por carretera. Toda una experiencia difícil de olvidar. Checoslovaquia parecía entonces un gigantesco campo de concentración. Alambradas fronterizas, torretas de control, siniestros vopos con perros de presa y ametralladoras. Barreras con gruesos troncos de eucalipto. Toda una parafernalia del horror y la tiranía.

Sin embargo, pocas experiencias estéticas más notables que pasear por Praga a la luz de la luna. Las estatuas del puente de Carlos IV se asemejaban a fantasmas que esperaban impertérritos tiempos mejores.

En el Castillo, grupos de adolescentes niños soldados vestidos con uniforme de limpio parecían bandadas de gorriones desacostumbrados a las posibilidades y sugerencias de la geografía urbana.

Pero recuerdo con singular emoción, pese al paso de más de un tercio de siglo desde entonces, una experiencia casi mística que me sucedió en la catedral de San Vito. Al momento de entrar, como si no fuese casualidad y me estuvieran esperando,  inopinadamente, el órgano se puso a tocar una música sublime, majestuosa. Tuve una experiencia casi de desdoblamiento por la que percibí la extraña revelación que el despotismo de entonces iba a caer. Algo que parecía imposible. Desde entonces la rememoro cuando escucho el segundo movimiento del concierto para violonchelo de Dvorak.

La calle París, la plaza de San Wenceslao, la torre de la pólvora, el reloj que funciona pese a todo, el monumento a otro disidente, Jan Hus, el viejo cementerio judío, lugar de tantas especulaciones conspiratorias, la calle de los alquimistas por donde paseara el espía, criptógrafo y ocultista inglés John Dee.

La Praga de entonces apenas tiene que ver con la globalizada, llena de turistas de hoy. Era otra Europa. Otro mundo. Por fortuna la tiranía patente ha caído. Pero se están formando otras más sutiles, menos patentes pero que parecen anunciar un nuevo horizonte de esclavitud si al final se consolidan las peores formas de dominación globalistas.

Sin embargo, no identificamos ahora entre los próceres y dirigentes actuales en su insoportable levedad del ser y muchos procedentes de despiadados grupos financieros o empresas transnacionales causantes de los desastres presentes, a personalidades como los Dubcek o los Havel. Personajes con gran cultura humanista, que parecían actuar por ideales, por un sentido de profundo respeto a la dignidad humana, amenazada tanto entonces como ahora. Gentes con la voluntad de no renunciar a una visión patriótica, a un conjunto de valores ideológicos y morales. Gentes que se atrevían a enfrentar la conciencia con los tanques. Gentes sin complejos que intuían que en sus propias naciones, culturas y sociedades podrían encontrar las bases de la resistencia a los despotismos de la globalización.

 

Entradas feeds. XHTML y CSS válidos. Tema WordPress basado en GimpStyle diseñado por estudiocaravana.