Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

La Candelaria asoma

Dedicado a mis queridos amigos Milagros y Alejandro.  En homenaje a su gran y antigua amistad.

Hace cinco años escribía este texto:

“Ascendía desde el Tajo en la penumbra de sombríos pensamientos hacia la catedral junto a mi buen amigo el alquimista toledano Alejandro Vega, humilde sabio que se ha hecho uno con la conciencia numinosa de Toledo, la antigua ciudad sagrada, ombligo de Castilla y de España.

Mira. Es raro, todo un privilegio: hoy podemos entrar por la Puerta de los Leones o de la Alegría. Cruzamos el umbral. La figura de Cristóbal, el portador de la Luz, esa pesada inocencia que supera las fuerzas del coloso, nos muestra la enormidad de la carga que espera a quien trata de mantener la dignidad aún en tiempos tumultuosos. Seguimos por el deambulatorio. Al fondo en Poniente, la capilla mozárabe, donde aún se celebra el viejo rito hispánico, respetado durante la dominación musulmana de la ciudad, mas arrumbado luego por la influencia francesa. En la capilla de san Martín el caritativo santo nos señala la dualidad así como diferentes modos de iniciación. En la de los dos Juanes solsticiales se conserva uno de los pilares de la mezquita sobre cuyo solar se edificó la catedral. Y en la de san Eugenio, yeserías mudéjares en el arco sepulcral de Gudiel. En el noroeste, junto a otro pilar donde la leyenda sitúa el descenso de la Virgen para imponer la casulla a san Ildefonso se venera la piedra sagrada donde posaron sus píes. En el trascoro la Virgen de la Estrella expande su potente energía curativa.  Y en el exterior del coro, Alejandro me muestra figuras de templarios con su tau, así como una representación de la leyenda de Hiram Abí, el maestro de los masones.

De oca a oca, vamos hacia el mayor monumento en homenaje al grial que existe en España. Mira desde aquí el Trasparente del maestro Narciso Tomé. El Cabildo a principios del siglo XVIII quiso iluminar la zona posterior del sagrario para lo que encargó perforar parte de los muros del trasaltar de la capilla principal. Parece un sacrilegio perpetrado contra la obra gótica, pero no lo es. En realidad, es una culminación de la Gran Obra, la Solar. Cuando se eleve sobre el horizonte, un rayo de sol atravesará el círculo abierto en la bóveda original y penetrará con su luz primordial, fecundándolo, el centro entre los arcángeles. Observa el altar sobre el campo de estrellas de seis puntas, rodeado por el damero masónico de la dualidad sobre la que se apoya el conocimiento.

Sí que recuerda al famoso verso gongorino: “(el sol) en campos de zafiro pace estrellas”.

Pero como casi siempre lo más interesante está oculto a la mirada profana. Así la cámara sagrada situada detrás, entre él y el altar mayor, donde se custodia el sagrario, al que acceden las monjas cuidadoras. Allí está guardado el pelícano. Sí, el pelicano, el ave sagrada, símbolo de Cristo, emblema de la Rosa Cruz y de profundo significado místico. El del propio sacrificio. El principio creador y vivificante que se entrega para alimentar a sus criaturas. El sol, el fuego que permite la vida.

Antes de irnos, toca aquí, este pilar de la capilla de san Ildefonso, junto a la tumba del maestro Martín y los tres peldaños iniciáticos. Es tremendo el caudal vibratorio. Más aún quizás que en el parteluz del Pórtico de la Gloria compostelano. Donde más energía hay en Santiago es en la parte del altar, donde se abraza al Apóstol y en la cripta que guarda el sepulcro, pero las últimas obras además de eliminar el damero masónico del piso, han debilitado el efecto energético original.

Cae la tarde, mientras nos alejamos en dirección al pequeño cigarral de mi amigo, vuelvo la cabeza hacia la vieja ciudad gris y me fijo en las tres coronas que coronan la torre de la catedral. Son las tres coronas de poder sobre sus respectivos mundos que figuran coronar la cabeza del sabio constructor.

Toledo a veces enseña alguno de sus misterios, sus secretos, a los buscadores sinceros. Es un Libro escrito en una lengua ya olvidada. En un principio fue el Verbo pero en esta era de sombras y penumbras quedan sólo sílabas casi indescifrables de la antigua palabra perdida. Mi amigo lleva toda una vida buscando y reuniendo en la catedral primada los restos de ese lenguaje. Su semántica, su pragmática, su gramática. Me consuelo, confortado por la visita  al ombligo de España, con la idea de que el pelícano es fuerte, pese a ofrecer su propia sangre a sus hijos, y que, aunque falle la voluntad de ser o el conocimiento del arquitecto de las tres coronas, en todo caso, el Gran Arquitecto del Universo no va dejar de proteger a España y guiar con su Luz a los españoles.

Atrás queda el antiguo minarete de san Miguel, la casa del duende con sus misteriosos subterráneos, pero la Candelaria asoma y es la propia ciudad de Toledo quien la porta como un san Cristóbal”.

 

Con motivo de la presentación de una nueva edición de su famoso libro Introducción al Toledo filosofal, el pasado otoño tuve la oportunidad de visitar con Alejandro de cicerone otra vez el barrio templario de San Miguel, así como los subterráneos de la casa del duende, que otrora fuera taller del maestro Quismondo. Una casa tradicional toledana y un lugar de extraordinario interés, insólito, muy diferente de lo que el público puede visitar habitualmente.  En la penumbra de los recovecos de sus múltiples galerías y pasadizos se sienten las diferentes energías de la milenaria ciudad. De su memoria histórica.

Una especie de escondido eterno inconsciente colectivo, de viejas emociones y sentimientos, confundidas en el Espacio y el Tiempo. Del Ser que hace esfuerzos por Ser, tomar consciencia y mostrar así las glorias del micro y macrocosmos, las que corresponden a una vida en plenitud.

Ya en el exterior, junto a la aguja de acupuntura del campanario de san Miguel, en una de las colinas de Toledo, la Luz asoma en la calle de la Candelaria.

Entre un halcón de cetrería con el capirote puesto y un león dormido, ya lo decía nuestro gran Cervantes en el frontis de la Primera parte de El Quijote: “Spero lucem post tenebras“.  Ojalá su triunfo sea también el nuestro como criaturas en pos de realizar los más íntimos y queridos anhelos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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