Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Aldana y Arias Montano. Dos figuras y una epístola

El viajero que pasea por la preciosa ciudad monumental de Cáceres tan plena de evocaciones y experiencias estéticas se encuentra en su asombrado caminar con una empinada calle paralela a los adarves llamada Cuesta de Aldana y en su altozano lo que queda de una casa palacio con el mismo nombre. El de una familia procedente de Galicia que se estableciese hace muchos siglos en Cáceres y su provincia. El recorrido por las solitarias calles de la ciudad monumental hasta la serena acrópolis en la noche, lejos de agitaciones y ruidos, es una memorable invitación a visitar otro espacio y otro tiempo. Una evocación de un mundo de belleza, casi mágico, del que ahora apenas nos quedan recuerdos.

El capitán Aldana y el polígrafo Arias Montano son dos figuras fascinantes, dos grandes extremeños universales de nuestro siglo de Oro. Algún avisado lector dirá, no exagere usted que Aldana nació en Italia en 1537. Según unos en Nápoles, según otros en Florencia donde se establecería la familia Aldana a partir de 1540, el mismo año por cierto de la publicación de la traducción del italiano que hiciera Garcilaso Inca de la Vega de Los Diálogos de Amor de León Hebreo, obra que tanta influencia tendría entre nuestros neoplatónicos del siglo de Oro. Era la época de la resurrección del Mundo Antiguo. Del Renacimiento y del Humanismo. Es la prodigiosa Florencia del Dante o de la Escuela neoplatónica de Marsilio Ficino. Cierto, pero Francisco de Aldana era hijo de extremeños. Como ya hemos visto, los Aldanas eran una importante familia, emparentada con militares y eclesiásticos, entre los que se encontraban el maestre de campo Bernardo de Aldana o el mismo San Pedro de Alcántara.

Pero estuviera donde estuviera siempre Francisco de Aldana se sintió muy extremeño y español, como puede verse en su famosa epístola a Benito Arias Montano, el gran sabio renacentista pacense de tan paradójica vida.

Cervantes lo cita en el libro VI de La Galatea, (p 315 y siguientes de la edición princeps). “La bella nimpha que surge del fuego y dice: mi nombre es Caliope, mi officio y condición es favorecer y ayudar a los divinos espíritus, cuyo loable exercicio es ocuparse en la maravillosa y (jamás como debe) alabada sciencia de la poesía…soy la que con inmortal fama, tiene conservada la memoria del conocido Petrarca. Y la que hizo baxar a los oscuros infiernos, y subir a los claros cielos al famoso Dante. Soy la que  ayudo a texer al divino Ariosto, la variada y hermosa tela que compuso. La que en esta patria vuestra, tuvo familiar amistad con el agudo Boscán, y con el famoso Garcilaso,…yo soy la que movi la pluma del celebrado Aldana.

El celebrado Aldana además de mimado por Caliope fue protegido por los Médicis en la Florencia considerada la nueva Atenas de las Artes y se desarrolló en el ambiente renacentista de la ciudad del Arno. Cultivó el neoplatonismo, el erotismo en sus distintas vertientes, también la espiritual, no demasiado ajeno al erotismo de Juan de Yepes en su magnífico Cántico inspirado en el Cantar de los Cantares. En Italia se formó en el Ejército como otros grandes de la literatura española como Garcilaso o Cervantes…

En Aldana vuelven a reunirse dos preciosas corrientes de pensamiento que habían tenido su remoto origen común en la Escuela de Alejandría de los Plotino, Proclo o Amonio de Saccas. La filosofía semítico-española de un lado y la de la nueva Atenas florentina de Marsilio Ficino y los Médicis, de otro. La obra de Aldana gira sobre dos grandes temas, sus impresiones acerca de su profesión militar y el Amor, tanto en su sentido religioso y místico, como en el erótico profano pleno de una preciosa y sugerente sensualidad al gusto italiano. Así por ejemplo una de sus más sugerentes  composiciones eróticas, el poema de Medoro y Angélica del que tomamos unos versos:

 Cuando Medor y Angélica, durmiendo

Dentro en albergue que les cupo en suerte

el dulce y largo olvido recibiendo,

juntos están con lazo estrecho y fuerte

el aire cada cual dellos bebiendo

boca con boca al otro, y se convierte

lo que sale de allí mal recibido

en alma, en vida, en gozo, en bien cumplido

Admirado la mira y dice: «¡Oh cuánto

debes, Medor, a tu ventura y suerte!»

Y más quiso decir, pero entre tanto

razón es ya que Angélica despierte,

la cual con breve y repentino salto,

viéndose así desnuda y de tal suerte,

los muslos dobla y lo mejor encubre,

y por cubrirse más, más se descubre.

Confusa al fin, halló nueva manera

que a su Medor abraza enternecida

y con la blanca mano por defuera

trabaja de quedar toda ceñida

dijo después la ninfa placentera:

«Paz y dichosa luz tengas,  mi vida»,

y él sin hablar con alegría no poca,

paz de su luz tomó dentro en la boca.

La paz tomaste, ¡Oh venturoso amante!

con dulce guerra en brazos de tu amiga,

y aquella paz, mil veces que es bastante,

nunca me fuera, en paz de mi fatiga,

triste, no porque paz mi lengua cante

(paz quieres inmortal, fiera enemiga),

mas antes, contra amor de celo armada,

huye la paz que tanto al Cielo agrada.

 

No cabe duda que la trágica muerte del capitán Aldana con solo cuarenta y un años de edad en la infausta batalla de Alcazarquivir junto con el Rey Don Sebastián de Portugal del que fuese asesor militar, privó a la Cultura española de la que hubiera sido la obra de madurez de un gran poeta. Fracasado en su intento de disuadir al rey portugués de su arriesgada aventura africana, la bisoña imprudencia real y el sentido de la caballerosidad de nuestro héroe que no quiso abandonarlo a su suerte llevaron a un calamitoso final para ambos. Aldana no sólo perdió su vida en tan luctuosa jornada sino obras tales como Tratado de amor en modo platónico o también Obra de Amor y hermosura a lo sensual. Fray Bernardo de la Cruz cuenta el desastre africano en su Crónica de Dom Sebastiao. Tras esa fecha de agosto de 1578 tan dramáticamente decisiva para Portugal donde desapareció no solo el rey sino también buena parte de la nobleza portuguesa surge el llamado sebastianismo, una especie de movimiento político literario de carácter casi mesiánico que pretendía el regreso del rey Don Sebastián para volver a revivir las glorias portuguesas. Años después, una intriga jesuítica proclamaría al que luego sería Juan IV como el rey prometido por las profecías.

Aldana fue amigo del eximio polígrafo y humanista renacentista don Benito Arias Montano, cuyo recuerdo bien merece otro texto aparte. El Montano es un personaje clave para comprender la cultura española del último tercio del siglo XVI y del comienzo de nuestro Siglo de oro, En El Entierro del Señor de Orgaz de El Greco hay un personaje, el que está situado inmediatamente a la derecha del pintor, lo que indicaría un especial afecto de éste, figura que llama la atención la mano derecha abierta del personaje que luce la cruz de Santiago en su pecho. Para Sánchez Luengo se trata del retrato de Benito Arias Montano. Se basa en el parecido más que notable de su rostro con otro existente en El Escorial en el que está claramente explicada la identidad del personaje retratado a la luz de la leyenda pintada en el mismo: “D. Benito Arias Montano incomparabilis”, sin firma, que se atribuye a Zurbarán. Don Benito, como el mismo caballero situado cerca de él y que parece señalarle en El Entierro también pertenecía a la Orden de Santiago.

El Montano es una de las figuras señeras de la cultura española y europea del siglo XVI.  Es lamentable, y probablemente estas cosas sólo ocurren en un país que trata tan mal a sus mejores hijos, que una figura tan notable por tantos aspectos como la suya apenas sea recordada. Y es quizás gracias a su biógrafo holandés Ben Rackers que no se haya difuminado o malinterpretado para siempre.

Pero el don Benito destinatario de la Epístola del capitán Aldana, es un personaje muy equívoco, que vivió una especie de doble vida:

La de persona de confianza del Rey Felipe II, consejero, embajador y bibliotecario de El Escorial, miembro de la prestigiosa Orden de Santiago, participante en Trento, y responsable del proyecto cultural más ambicioso del emperador: la edición de la Biblia Sacra o Políglota (hebrea, caldea, griega y latina) de Amberes editada por el famoso impresor Cristóbal Plantino.

Y la de miembro secreto de Familia Charitatis, los familistas del citado Plantino, grupo esotérico, místico, gnóstico, heterodoxo, que participa de valores de las tradiciones masónicas y rosacrucianas. Su Biblia Políglota a la que ambos habían dedicado tantos desvelos, y en la que el Emperador había comprometido todo su prestigio, había estado a punto de ser prohibida en Roma donde tuvo que ir a defenderla, y por esas fechas, debió conocer, probablemente en las reuniones de estudiosos y artistas en el Palacio Farnesio, a El Greco y a Luis de Castilla, de modo que probablemente contribuyó a convencer a El Greco para que viniera a España. El Montano siempre estuvo muy interesado por la pintura. Además de Toledo y el encargo de santo Domingo el Antiguo estaba El Escorial, a donde Felipe II estaba llevando diversos artistas italianos para decorar su obra arquitectónica.

Según la semblanza del cronista de El Escorial hasta su muerte, en 1591, fray Juan de la Orden de san Jerónimo:

Arias Montano era buen letrado y grande teólogo y muy visto en todo género de ciencias y lenguas hebrea y caldea, griega y latina, siríaca y arábiga, alemana, francesa y flamenca, toscana, portuguesa y castellana, y todas las sabía y entendía como si en estas naciones se hubiere criado”.

“Este doctor fue el que por mandato de el Rey don Felipe, nuestro señor, fue a Flandes a imprimir la Biblia Regia de cinco lenguas, en Amberes, por Plantino, impresor”.

“No comía más que una vez cada 24 horas y no comía carne ni pescado, sino legumbres, frutas y el caldo de la olla, ora fuere de carnero, ora fuese de aceite. Su dormir era sobre unas tablas, en las que ponía una estera y una manta de Bernia, y allí dormía. Su trato y conversación eran las de un santo, humilde, afable,..los hombres doctos procuraban su amistad, los caballeros hallaban en él cosas de edificación. Los oficiales, arquitectos y pintores y personas hábiles hallaban en él cosas que deprender”.

Tras su marcha del Escorial pasa los últimos años de su vida, felizmente enfrascado en diversos estudios sobre Historia, Medicina y Botánica en la Peña del Alajar. Rodeado de libros, grabados flamencos, instrumentos astronómicos y plantas que le enviaban sus amigos extranjeros.

La Peña del Alajar es un lugar mágico, donde el Montano escribió su Opus Mágnum, compendio del saber universal que caracterizaba a este renacentista español de talante europeo. A su muerte la Peña y todo lo que le rodeaba se fue arruinando. Se trata de un paraje del que dice (“De la varia república”, Amberes, 1590):

cuevas profundas y parajes abovedados formados por ásperos peñascos como hay en este retiro donde ahora vivo rústicamente, en parte debidos al capricho de la naturaleza y en parte como sospecho, ampliados y excavados por la mano del hombre cuando en estos lugares habitaban los sarracenos. Fundamento esta afirmación en vestigios de vajillas de barro junto con huesos humanos que, a veces vemos enterrados en estos antros”.

Según Sánchez Rodríguez: Arias Montano se enamoró de este lugar, no muy lejano de su lugar de nacimiento, Fregenal de la Sierra y buscó en estas alturas el encanto de la naturaleza, el aislamiento necesario para el cultivo del espíritu. También un refugio donde estar a salvo de las intrigas de sus enemigos.

Transformó la naturaleza más agreste en un vergel donde edificó un casa cómoda y amplia que llenó de obras de arte y libros, colecciones, curiosidades científicas. Sesenta pinturas de artistas españoles y flamencos, treinta esculturas, colecciones de monedas, piedras preciosas.

Gran aficionado a la Botánica procuró aclimatar flores y plantas importadas de los Países Bajos para embellecer su estancia, rodeada de fuentes, árboles y huertas, viñas y acequias. Un pequeño remedo de los hermosos jardines de Florencia en la sierra onubense.

Para su discípulo Pedro de Valencia, Arias Montano estaba iniciado en la verdadera piedad.

 

Una de las manifestaciones de la resurrección del mundo antiguo durante el Renacimiento italiano fue el auge de la epistolografía. Se estudiaban las epístolas de Plinio o Cicerón para ser imitadas o recreadas. Al principio en latín, luego en lengua vulgar toscana y española. Los dos temas epistolares preferidos de Aldana son el amoroso y el moral. Sin olvidar tratar otros que pudiéramos denominar de geoestrategia político-militar.

Aldana escribe a Arias Montano su epístola dedicada a La contemplación de Dios y los requisitos della en setiembre de 1577, solo unos meses antes de su trágica muerte en Alcazarquivir. En cierto modo puede considerarse una especie de testamento filosófico.

Aldana pensaba retirarse para llevar una vida contemplativa como el propio Montano, pero no al Alájar sino al monte Urgull en San Sebastián y trata de convencerle para que le acompañe.

Es bien verdad que a tan sublime cumbre

Suele impedir el venturoso vuelo

Del cuerpo la terrena pesadumbre

Pero con todo, llega al bajo suelo

La escala de Jacob, por do podemos

Al alcázar subir del alto cielo,

Que yendo allá no dudo que encontremos

Favor de más de un ángel diligente

Con quien alegre tránsito llevemos

———-

Tú, mi Montano, así tu Aldino viva

Contigo en paz dichosa esto que queda

Por consumir de vida fugitiva…

Cuando Arias Montano tuvo noticia de la trágica desaparición de su amigo escribió: “Gran pena me ha dado la muerte del capitán Aldana, y no me la ha aliviado el tener casi pasado este trago con la sospecha grande que dello tenía”.

 

A la mentalidad actual, y más aún con la creciente degeneración que supone la “posverdad” o deterioro sino progresivo abandono de los ideales o valores metafísicos bases de la civilización occidental, sorprenden personajes como Aldana o Arias Montano. Gentes de personalidad inabarcable o inclasificable, a las que el ejercicio de la contemplación mística no impide sino que potencia el emplearse con acierto en actividades políticas, sociales o estéticas de gran alcance. A las que los viajes astrales del alma a los mundos superiores, a los reinos desconocidos del espíritu, supusieron fuentes de lúcida inspiración para su vida.

Gentes con gran entendimiento y voluntad. Y gentes con honor que emplearon el español como preciosa lengua culta y sabia.

Aldana y Montano hoy son dos raros incomprendidos.

Y así nos va.

 

Alfonso De la Vega, para la Revista del Ateneo de Cáceres, noviembre de 2017.

 

 

 

 

 

 

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