Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Viaje por el espacio y el tiempo

El viajero viene de Francia. Ha visitado a su familia. También con ella el ahora museo donde estaba el antiguo convento de los Agustinos. Y el precioso templo de los Jacobinos, en Toulouse. Se trata de una rara iglesia de dos naves separadas por una singular fila de  preciosas palmeras de piedra. Un templo extraño, elegante, bellísimo, donde se custodia la tumba de Santo Tomás de Aquino. Acaso inspirado en otros ibéricos de hermosos árboles encantados en piedra como la colegiata de Berlanga de Duero, la Veracruz segoviana, Tomar en la sede de la Orden del Cristo de Portugal y los mozárabes San Baudelio de Berlanga o Santa María de Peñalba en Arnedillo. Pero de estos templos, su historia, arquitectura y sugestivo simbolismo, se hablará en otro artículo.

El viajero no participa de la indiferencia, casi menosprecio, de Fernando, el protagonista barojiano de Camino de Perfección, ante la preciosa citada iglesia de la Veracruz, antes templaria y hoy de la Orden de Malta, en el camino de Segovia a Zamarramala: “Era románica y debía de ser muy antigua; tenía adosada una torre cuadrada, y en la parte de atrás, tres ábsides pequeños”.

Al contrario, piensa que en estas pequeñas joyas de nuestra antigua arquitectura se hallan los mayores valores estéticos y lo mejor del alma o la espiritualidad española. Que en difícil sencillez sin apenas ornamentación trascienden su pertenencia al arte cristiano medieval para constituir artefactos universales de perfeccionamiento espiritual. De alquimia para el alma sosegada y receptiva.

El viajero no está solo en esa apreciación: Si Machado rechazaba la religiosidad huera de la España oficial sin embargo buscaba recuperar un Dios vivo, interior y esotérico. Un Dios al que parecería más fácil encontrar refugiado en las modestas pero preciosas ermitas mozárabes o románicas que en las encopetadas y recargadas iglesias barrocas donde la retórica y la ostentación de Poder ahogan el Espíritu.

Bécquer también nos anima a que, sea como historiador o como artista, sea examinada la importancia de monumentos que merecen fijar la atención de los hombres pensadores y estudiosos.

En Oriente, tan lejano y cercano a la vez, un importante yogui, Paramahansa Yogananda, también nos lo dice: “Adorar al Señor en la iglesia o en templo es un buen hábito, siempre y cuando a partir de esa inspiración aprendas a entrar en tu propio templo de la meditación y a experimentar el éxtasis interior. En las horas más profundas de la noche y en la quietud del amanecer, entra en tu catedral interior y háblale a la congregación de tus pensamientos, exhortándolos a todos ellos a consagrarse al infinito. y en el grandioso órgano de tu templo de paz, sonará el majestuoso Om”  

 

El viajero, aburrido de la autovía francesa hacia la frontera con Irún en la que la principal emoción es saber si el dispositivo automático de su auto levantará o no la barrera del peaje, decide volver a España atravesando el Pirineo por zona nacional evitando los más fáciles pasos de Gerona y Vascongadas.

Duda entre sendos túneles oscenses, bien el de Bielsa, conocido de otros viajes y más corto pero más agobiante por su reducida sección, o el de Somport -Canfrant, amplio y cómodo aunque de casi nueve kM de largo.

Se decide por esta última opción. El viajero pasa cerca de Lourdes, famoso centro de apariciones marianas o lo que sean, pero no entra en la población porque ahora no está para milagros. A la altura de la ciudad de Pau toma la intrincada y anticuada carretera en dirección Sur por Oloron Ste-Marie, siguiendo aguas arriba el curso del Gave d`Aspe hasta el túnel que atraviesa el Pirineo en dirección a España. Una ruta de montaña con tramos de gran belleza.

Francia tiene muy descuidadas, firme gastado, trazados tercermundistas, cruce de poblaciones, las carreteras cercanas a nuestra frontera.  Debe ser cosa de prioridades. Las suyas. Pero mal iríamos si no pudiésemos emplear los pasos fronterizos cómodos en manos nacionalistas hostiles y tuviésemos que comunicarnos a través del Pirineo.

La emblemática estación de Canfrant, hoy cerrada, tiene un aire como de viejo balneario decadente de tiempos pasados y acaso mejores, al menos para ella. Ya en tierra española de Aragón, aunque con trazado de montaña, la carretera es buena. Jaca es una ciudad hermosa, con amplias urbanizaciones pero de urbanismo moderno, de escasa tradición arquitectónica popular salvo en la zona de su preciosa catedral, joya del románico español.

 

El viajero confiesa que tiene una cierta nostalgia. Una sensación de nuevo fracaso histórico español como el del 98. Y se distrae rememorando la obra de algunos de los más preclaros autores de esa generación, tan ligada en sus comienzos al regeneracionismo y al modernismo. Pero los miembros de la generación del 98 adquieren pronto un discurso propio que no es el simple de los datos, el positivismo de unos o el esteticismo atemporal y casi apolítico de otros.

Acaso sus juicios no resulten hoy demasiado científicos, al menos con la perspectiva que nos da el tiempo, pero mantienen una gran carga de emotividad, de rebeldía asociada a una idea estética de la vida. Su visión de Castilla está teñida de su preocupación por el paisaje. Pero la de la Castilla geográfica no es muy real, al confundirla con las inmensas llanuras leonesas, cuando es así que el verdadero relieve castellano es accidentado. También esa idea estética se inspira en los mitos históricos, legendarios y literarios de nuestra gran Cultura. Una de las más importantes del mundo, dicho sea en honor a la verdad lejos de cualquier nacionalismo barato.

 

En su libro Castilla Azorín ofrece un final feliz a la aventura amorosa, tan desoladoramente trágica en el original, de Calisto y Melibea.

En esto veo Melibea la grandeza de Dios. ¿En qué Calisto? En dar poder a natura que de tan perfecta hermosura te dotase: y fazer a mi in merito tanta merced que verte alcanzase”.

¿Por qué el devenir de España parece tener también como en el caso de los tan desgraciados amantes un elemento permanentemente trágico, que impide el triunfo del amor y del bien? El devenir de España también parece eternamente víctima de una conspiración motivada por la ambición, el egoísmo y la codicia de las Celestinas de turno y permitida por un pueblo desorientado cada vez más amorfo.

Azorín nos presenta a un Calisto maduro, felizmente casado con Melibea y padre de una hija, del mismo nombre que su abuela, Alisa. Pero Calisto medita con la cabeza reclinada en la mano sobre el devenir del tiempo y las formas de las nubes, tan iguales, tan distintas, en su eterno caminar sobre el cielo… Otro halcón pasa el cercado del jardín y tras él un mancebo…

¿Tiene razón Azorín al permitirse dar otro final a la historia? ¿Es que la Historia de España tiene un carácter fatal que se impone a los intentos de reforma y mejora profunda y continua de generación tras generación?

 

En una de sus Cartas desde mi celda Bécquer nos confiesa que: “lo único que yo desearía es un poco de respetuosa atención para aquellas edades, un poco de justicia para los que lentamente vinieron preparando el camino por donde hemos llegado hasta aquí, y cuya obra colosal quedará acaso olvidada por nuestra ingratitud e incuriala vida de una nación, a semejanza de la de un hombre, parece como que se dilata con la memoria de las cosas que fueron, y a medida que es más viva y más completa su imagen, es más real esa segunda existencia del espíritu en el pasado, existencia preferible y más positiva tal vez que la del punto presente”.   

 

De modo que el viajero desea atravesar Castilla otra vez en un momento histórico en el que los logros de su labor de construcción de la gran civilización española se encuentran gravemente amenazados. En el que el tren azoriniano de la lucecita roja parece que ya nunca regresará. Una aventura común de siglos hoy medio desbaratada por la corrupción y la falta de inteligencia, voluntad y patriotismo de muchas instituciones y sus ocupantes, trasladadas a buena parte del pueblo español actual, objeto de un proceso de embrutecimiento programado. No sin zozobra y con una extraña sensación de final de época se decide a adentrarse en un paisaje de nostalgia, que como el reino de Fantasía de La Historia interminable parecería que ya no tiene nadie que lo piense.

Atravesar el espacio en Castilla también es un viaje en el tiempo.

Si desde una perspectiva funcional las actividades mentales pueden desglosarse en varias capacidades: de observar, de recordar, de analizar y juzgar, la vida moderna con sus variados chismes y artilugios pone en entredicho la más plenamente humana de todas, la de creación, la capacidad de intuir y generar ideas. El campo de la imaginación es tanto o más vasto que las llanuras de la Castilla noventayochista.

En su Una Hora de España cuando habla de Un Viandante el pequeño filósofo de Monóvar nos explica que “cuando nos sentimos superiores a las cosas que nos rodean y la necesidad nos mantiene ligados a esas cosas, poco a poco nuestro espíritu se va concentrando en un ideal íntimo… dejamos el mundo material y creamos para nosotros, otro mundo fantástico. En ese ideal que nosotros solos guardamos se reconcentra toda nuestra vida. Sin ese asidero imaginativo-imaginario y salvador- nuestro espíritu se hundiría en el abismo. Y podremos trafagar por los pueblos y por las ventas, podremos sufrir adversidades, pero allá en lo íntimo de nuestro ser se eleva para nosotros solos un mundo que todos los días, en nuestras meditaciones vamos purificando y hermoseando. Las sugestiones de los libros importan mucho; pero en vano serían las sugestiones de los libros, leídos acá y allá, si no se llevara en el ánimo este desequilibrio del que hablamos. Las lecturas no hacen más que ayudar a la gestación de la obra. Las lecturas son simplemente la piedra aguzadera del ensueño”. 

El gran Valle también lo expresa con las bellas palabras de su español alquímico, primorosamente destilado en alquitara galaica: Los muchos libros son como las muchas amantes: no dejan huella.  Y así sería si, como dice Azorín, no lleváramos ya tal desequilibrio en el ánimo.

Pero ¿el mundo interior es real? Azorín continúa su relato con el encuentro en una venta y el posterior abrazo de mutuo reconocimiento entre el caballero de la triste figura y … ¡Cervantes! Y es que “El ensueño interior del viandante – ¡Oh maravillosa ironía! – se concretaba, fuera, en el mundo, en la persona de un loco”.

Hoy la hostelería es muy buena en España. Ya no existen esas terribles ventas cervantinas ni menos las fondas y fonditas con tenedores manchados de huevo irónicamente glosadas por Azorín. Tampoco se cruzan los parajes en diligencia o caballero sobre mula pasicorta con el temor de algún infeliz encuentro con bandoleros de los de antes, sin impunes poltronas ni nuevas tecnologías cleptocráticas. Hoy se pueden hacer en cómodo automóvil por carreteras de variada condición aunque siempre lejos de las dificultades de antaño.

 

Antes de meterse en tierras castellanas el viajero cruza Aragón y Navarra. Esta vez no se desvía por Santa Cristina de Seros para acceder al precioso claustro de San Juan de la Peña, lugar del grial, por Naturaleza, Historia, Arte y Cultura. Ni tampoco al monasterio navarro de Leire con su hermosa leyenda del abad que trascendió nuestro universo tridimensional embelesado por el canto de un pájaro. Una leyenda no solo navarra sino universal semejante a las de Armenteira, Éfeso o la que cuenta la sura decimoctava del Corán.

El transparente azul turquesa del agua, ahora muy escasa, del embalse de Yelsa recuerda la tonalidad habitual de las playas del Caribe. Un punto de colorida serenidad en medio del agreste paisaje del pre Pirineo. Pasa de largo del reducto jesuítico de Javier. Sangüesa, bella ciudad en el camino de Santiago, también queda atrás con sus emblemáticas casas solariegas de curiosos aleros y el precioso Pórtico de Poniente de su iglesia románica de Santa María la Real, una de las más bellas del camino.

Olite estaba en fiestas y hubo que dar un rodeo bordeando el parador Príncipe de Viana para atravesarla en dirección al río Ebro y La Rioja. Arnedo es una capital muy industrializada, la última que el viajero va a ver durante un tiempo cuando se adentre en la desamparada, noble y dignísima Castilla milenaria hasta el momento de llegar a la provincia de Madrid.

 

Remontando el río Cidacos desde Arnedo el viajero se acerca a Arnedillo, parada y hospedaje para poder visitar la ermita mozárabe de Santa María de Peñalba, más modesta pero de cierto parecido con la famosísima soriana de San Baudelio de Berlanga.

Arnedillo es una pequeña y bonita población riojana cuyos orígenes se remontan al siglo X, cuando se funda la Castilla del conde Fernán González “islote de hombres libres en la Europa feudal”, como decía Sánchez Albornoz.

Gracias a la eficaces gestiones del amable hospedero Don Javier y del alcalde, Don Pedro, el viajero pudo organizar las visitas del día siguiente.

Su amable, culto, discreto y hospitalario cura, Don Joaquín, proporciona al viajero muchos y valiosos datos sobre la población, su entorno, balneario y ermitas. Gracias a su gentileza subirá con él a admirar el interior de la ermita mozárabe de Santa María de Peñalba en una hermosa mañana bajo el transparente cielo azul y el testigo inmutable de la peña blanca. Desde allí la panorámica sobre el valle del Cidacos, declarado Reserva de la Biosfera, es realmente bonita. Pero de este modesto aunque bello y sugestivo templo mozárabe se hablará más en otro texto que prepara el autor sobre templos con palmeras de piedra y su profundo e inspirador simbolismo.

Don Joaquín también le enseña una curiosa nevera medieval con sendos orificios de entrada y salida donde se conservaba la nieve invernal. Junto a ella se encuentra la curiosa pequeña ermita de San Miguel.

Arnedillo está rodeado de ermitas. Una muy curiosa es la de San Tirso. Ocupa una cueva irregular excavada en la roca antes que la de Peñalba datada en el siglo X.

No deja de ser sugestiva la comparación de ese conjunto con el de San Baudilio de Berlanga, también del siglo X donde la cueva está situada dentro del templo y a la que se accede por una pequeña entrada en la esquina sudoccidental.

Y ya volviendo al pueblo de Arnedillo, su iglesia parroquial es notable. Sin embargo, debido a su ubicación cercana al río hubo que rellenar el suelo original con hasta dos metros de piedra para combatir las filtraciones de agua, lo que quita esbeltez a sus pilares.

Cerca de Arnedillo y Enciso y en la comarca soriana de Tierras altas se encuentran yacimientos con huellas de seres antediluvianos. Son las icnitas, huellas fosilizadas de dinosaurios. En algún momento del pasado remoto del planeta lo que hoy son abruptos montes fueron valles y vergeles capaces de soportar la presión sobre los recursos de los grandes herbívoros.

La carretera que conduce directamente a Soria aguas arriba del Cidacos y a través del puerto de Oncala estaba cortada entre Enciso y Yanguas, de modo que hubo que dar un largo rodeo por Cervera del río Alhama. Se frustra así la ruta hacia Soria mediante excursión por las Tierras altas. Donde, además de las huellas de los grandes saurios, permanecen relictos del culto secular al fuego.

 

Es obligado visitar Soria cuando se anda cerca de ella. San Juan de Duero, San Polo y San Saturio, la ribera de los álamos cantores ejercen una atracción irresistible para el viajero: pocos lugares en la España mágica son capaces de igualar estos parajes maravillosos en los que se combinan tan estrechamente Naturaleza y Arte. El arte arquitectónico tan hermoso, evocador, enigmático y singular del claustro de San Juan de Duero con su sugerente sarcófago iniciatorio. El literario resaltado por dos grandes poetas sevillanos, Gustavo Adolfo Bécquer y Antonio Machado.

Donde otrora Bécquer nos contaba las feroces batallas astrales en el Monte de las Ánimas o la fugaz belleza de la misteriosa y esquiva dama convertida en rayo de luna, hoy podemos pasear de modo apacible en un paraje sublime que genera una de las mayores emociones estéticas que cabe encontrar el viajero en toda España. Nada menos y nada más.

Para la inspiración de su obra soriana acaso Bécquer viera los elementales en su celda o en el mismo templo del monasterio de Veruela. O quizás tomó ideas de las misteriosas leyendas de la no muy lejana Trasmoz al pie del oscuro Moncayo escenario de aquelarres. O de la bilocada dama azul en la vecina Ágreda. Un sutil universo de brujas o hadas benefactoras viajeras en el astral.

 

Don Antonio Machado paseaba por la ribera del Duero, primero solitario. Luego de la mano de su amada. Al cabo, otra vez solo y… desolado. Pero el viejo olmo reflorecido, entre los álamos cantores, le consuela y le abre a la esperanza de otra futura alma en flor.

No será la única vez que don Antonio, como el portugués Antero de Quental u otros grandes poetas ibéricos, recurre al hilozoísmo como fuente de inspiración y sublime expresión poética. Así también, por ejemplo, en la Tierra de Alvargonzález el Mal cae en la oscuridad perpetua de la Laguna negra. Como, antes que los hijos parricidas en la de Urbión, cuando era perseguida por Mudarra, la malvada Doña Lambra instigadora del asesinato de los Siete Infantes de Lara en otra laguna negra cercana, la de Neila, ya en Burgos.

 

Mientras recorremos y admiramos el precioso y evocador paraje junto al Duero resuena en nuestros oídos las palabras del eximio poeta republicano:

¡Colinas plateadas,

Grises alcores, cárdenas roquedas

Por donde traza el Duero

Su curva de ballesta

En torno a Soria, oscuros encinares,

Ariscos pedregales, calvas sierras,

Caminos blancos y álamos del río,

Tardes de Soria, mística y guerrera,

Hoy siento por vosotros, en el fondo del corazón tristeza,

Tristeza que es amor! ¡Campos de Soria

Donde parece que las rocas sueña,

Conmigo vais! ¡Colinas plateadas,

Grises alcores, cárdenas roquedas!…

 

He vuelto a ver los álamos dorados,

Álamos del camino en la ribera

Del Duero, entre san Polo y san Saturio,

Tras las murallas viejas

De Soria- barbacana

Hacía Aragón, en castellana tierra-,

Estos chopos del río, que acompañan

Con el sonido de sus hojas secas

El son del agua, cuando el viento sopla,

Tienen en sus cortezas

Grabadas iniciales que son nombres

De enamorados, cifras que son fechas,

¡Álamos del amor que ayer tuvisteis

 De ruiseñores vuestras ramas llenas;

Álamos que seréis mañana liras

Del viento perfumado en primavera;

Álamos del amor cerca del agua

Que corre, pasa y sueña,

Álamos de las márgenes del Duero,

Conmigo vais, mi corazón os lleva!

 

Pero, ¡Cómo ser tan insensible para no llevarlos en el corazón!

El viajero cruza luego el puente sobre el río donde soñaba el poeta que antes cruzaban silenciosamente lejanos pasajeros ¡tan diminutos! Carros, jinetes y arrieros y bajo cuyas arcadas de piedra veía ensombrecerse las aguas plateadas del Duero.

Poco queda ya sino el recuerdo de la muerta ciudad de señores, soldados o cazadores de esa Soria fría con su castillo guerrero arruinado sobre el Duero, con sus murallas roídas y casas denegridas...

Luego de hacer una corta visita a la iglesia de Santo Domingo y a esa joya de la arquitectura civil española que es el Palacio de Gómara sigue aguas abajo del Duero en dirección a Almazán para visitar su famosa iglesia de San Miguel.

 

La iglesia de San Miguel en Almazán no pertenece a la tipología de las de palmera a las que se dedicará otro texto, de modo que conviene hablar aquí brevemente sobre ella. Aunque dedicada al famoso arcángel tiene referencias a Hércules, su posible antecedente pagano.

El templo presenta una extraña disposición con su eje desviado lo que se ha prestado a muchas y variadas especulaciones. Una de ellas (Lampérez) es que la planta representa la figura del Salvador con su cabeza reclinada sobre un hombro. Otra (Almazán de Gracia) es que el ábside fuera o se asimilara a un mihrab orientado hacía La Meca.

Pero lo más interesante es la cúpula nervada califal. Gaya Nuño aprecia influencias sirias, de Córdoba y Toledo a través de su gran mezquita, o las hoy conocidas como el Cristo de la Luz o Tornerías.

El cuadrado del crucero se convierte en el octógono preciso para la cúpula por medio de unas trompas singularísima en el románico español: la trompa propiamente dicha o trompillón es muy pequeña, con un arquito de medio cono, y el juego de fuerzas convergentes desde aquí hasta que llega a formar el paño intermedio, lo constituyen cinco arcos abocinados, los mayores escazanos y el último de medio arco apuntado…”

En la parte exterior, en la ventana meridional del ábside, se encuentra esculpida una pequeña figura muy deteriorada, acaso intencionadamente por su tema, que se asemeja a las tántricas de San Pedro de Cervatos.

El simbolismo templario e islámico del ocho aparece en una solución arquitectónica muy original.

Desde luego se trata de un hermoso templo singular de visita obligada, previo peaje eso sí, para el tesoro del obispado de Osma.

 

El viajero continúa rumbo a la cercana Berlanga de Duero, declarada Conjunto Histórico Artístico. Población soriana reconquistada en el siglo XI por Fernando I está dotada de joyas arquitectónicas monumentales que demuestran su gran importancia durante el siglo XVI.  De urbanismo medieval fue cabeza de una histórica Comunidad castellana de Villa y Tierra, extraordinaria forma de ordenación territorial propia de hombres libres alternativa de los señoríos feudales medievales europeos.

Tras buscar alojamiento en el acogedor hostal que tiene por nombre el de un ilustre fraile renacentista, merodea sin prisa por las calles del pueblo. La aljama, la plaza mayor porticada con pilares de madera sobre basas de piedra, la calle real, la espaciosa plaza del Mercado o la de san Andrés, la puerta Aguilera.

El Palacio renacentista de los Marqueses de Berlanga fue una gran construcción del siglo XVI el de máximo esplendor de la población luego semi destruido durante la barbarie napoleónica que lo incendió. Fue erguido junto al palacio paterno del Condestable de Castilla y la señora de Berlanga. Disponía de dos torres, un patio central y preciosos jardines en varias alturas. En cierto modo estos restos venerables simbolizan la propia dignidad de la Castilla agredida. Ahora se mantiene una de sus torres y la fachada como un decorado testigo de un pasado mejor.

En la misma plaza del Mercado se yergue la estatua de Fray Tomás de Berlanga. Un gran humanista y polígrafo del Renacimiento. Geógrafo, descubrió las islas Galápagos, consejero del emperador Carlos, tercer obispo de Panamá y uno de los pioneros en la idea de la construcción su actual canal. Intentó mediar, sin éxito, en las sangrientas disputas peruanas que enfrentaban a muerte a los Pizarro con Orellana. En la estatua se halla un caimán. No es capricho ornamental: la leyenda afirma que fray Tomás trajo dos de las Américas. Uno de ellos está en Medina de Rioseco. El otro en la Colegiata.

Pero la monumental Colegiata de Santa María de Mercado que entraría dentro de la tipología de templos con palmeras de piedra merece su glosa aparte.

Aquí, simplemente decir que sorprende un templo de tal calidad arquitectónica, belleza y monumentalidad en lo que hoy es una pequeña villa castellana. Pero no tanto si se recuerda la importancia que tuvo Berlanga de Duero especialmente durante su construcción en el siglo XVI.

El templo es enseñado al visitante por don Jesús, un joven amable y culto historiador. El viajero entabla una instructiva, amena y agradable conversación. Se agradece en estos tiempos poder conversar con gente tan sensible y preocupada por nuestro patrimonio artístico, histórico y cultural. Gentes verdaderamente insustituibles pese a la aparente modestia de sus cometidos, que constituyen el entramado de lo que queda de España.

 

El viajero prosigue su ruta en dirección Sur para visitar otra de las grandes joyas y una de las más singulares de la arquitectura española medieval: San Baudelio de Berlanga.

Un lugar que merece no solo ser visitado sino un viaje ex profeso para admirar su rara belleza. Se trata de otro templo mozárabe con palmera de piedra.

Y también de un verdadero artefacto espiritual, un canal de comunicación espiritual, un centro iniciático extraordinario que causa admiración por su extraña disposición a cualquier estudioso o amante de la Tradición universal.

Un lugar en el que se comprende perfectamente la máxima de Platón de que La Belleza es el esplendor de la Verdad.

O un tiempo que se nos manifiesta en su beatitud.

 

El viajero continúa luego su viaje en dirección Sur hacía Atienza, otra bonita villa medieval, ya en Guadalajara. También posee su castillo en el altozano desde donde se divisa una gran panorámica. En un restaurante junto a la hermosa iglesia de San Juan Bautista come unas judías pintas, receta antes tan popular hoy en desuso y un exquisito plato de corzo. No sin cierto remordimiento de conciencia, todo hay que decirlo, porque el corzo es uno de los animales más elegantes y bellos de nuestros bosques. Con el proceso de desertización y progresivo abandono de nuestros campos no es muy difícil verlos, en especial durante el crepúsculo cuando atraviesan la frontera del bosque en busca de comida. Su elegante y misteriosa silueta se perfila sobre los terrenos de colores más claros.

Deja Sigüenza al Este y atravesando tierras y barrancos de la Alcarria sigue en dirección Brihuega y luego hacía Pastrana donde hará noche.

La Alcarria es el nombre de una vasta y famosa comarca de Guadalajara pero también de un accidente geográfico que da lugar a todo un ecosistema presente también en otras provincias de la meseta sur. Para la Real Academia, normalmente no muy precisa en cuestiones de Ecología, es un terreno alto, raso y con poca hierba. Una definición en la que podría encajar por lo menos media Península Ibérica.

Parece proceder de una palabra arábigo española, Al karria que vendría a significar según unos, aldea o lugar de poca población. O bien, según otros, camino, ruta de paso.

Las alcarrias son mesetas altas, troncos de pirámide parecidos a artesas volcadas con laderas erosionadas. A veces reducidos a simples cerros testigo.

Es decir, desde el punto de vista ecológico la alcarria es un ecosistema modificado por el hombre que consta en lo geológico de rasas, planicies o páramos superiores calizos y valles de erosión y barrancos excavados por redes fluviales hoy de escaso caudal en cotas crecientes de terrenos arcillosos pardo bermejos, margas, e incluso lignitos en estratos de baja potencia. Y en lo botánico de especies resistentes a la sequía entre las que abundan las labiadas y aromáticas: Lavanda, espliego, romero, tomillo.

En la Alcarria se han entablado batallas históricas famosas. Así durante la Guerra de Secesión entre las fuerzas borbónicas de Felipe V y las imperiales austriacas. Y otra más reciente y conocida durante la Guerra civil, entre fuerzas defensoras y atacantes de Madrid.

Esta última tuvo lugar junto a Brihuega y como protagonistas principales a las fuerzas expedicionarias italianas mandadas por el general Coppi y las nacionales del general Moscardó frente a las republicanas de los entonces teniente coroneles Segismundo Casado y Vicente Rojo, excelente militar de carrera éste, admirado por Franco, y las columnas libertarias de Cipriano Mera, obrero de la construcción y genio militar improvisado.

Tras la contundente derrota de los italianos los comunistas de modo oportunista y propagandístico intentaron hacerse protagonistas a posteriori de la misma, ninguneando a Mera y Rojo sus verdaderos artífices.

Me vienen a la memoria todas estas cuestiones, comportamientos valientes, incluso heroicos, junto a miserias humanas cuando en Brihuega me asomo al mirador sobre el río Tajuña. Contrasta la apacible serenidad de esta tarde de verano con los feroces combates de marzo del 37.

Don Camilo el del Premio cuenta su entrada en Brihuega, allá por el año 46:

“El viajero baja por unas callejas y se fuma un pitillo, a la puerta de una casa, con un viejo.

Parece hermoso el pueblo.

No es malo. Cuando había que haberlo visto era antes de la aviación.

Las gentes de Brihuega hablan de antes y después de la aviación como los cristianos hablan de antes y después del diluvio.

Ahora no es ni sombra de lo que fue”.

Pero afortunadamente hoy Brihuega ha recuperado la luz, venciendo al menos temporalmente a las sombras. Esas sombras que amenazan la vida de las pequeñas urbes castellanas situadas lejos de las grandes vías de comunicación y cuyo futuro parece menos esplendoroso que su pasado.

En Brihuega nació la querida abuela Ildefonsa, mujer de gran talento que por méritos profesionales llegaría a ser directora general de Instrucción Pública. El viajero se permite dedicar unos momentos a su emocionado recuerdo.

Antes de partir hacia Pastrana merodea por las calles del pueblo. Atraviesa los restos de las murallas árabes por la puerta de la Cadena. Desciende hasta la plaza del Coso y desde allí a través del arco de la Guía se dirige extramuros a la Iglesia de Santa María y al mirador sobre la vega.

 

El viajero continúa su ruta en dirección a Pastrana atravesando alcarrias y previo paso por Budia, el pueblo donde miraban a don Camilo como un bicho raro y luego las pasara canutas para llevarse algo al estómago y encontrar fonda donde dormir.

Pastrana fue una población muy importante en el siglo XVI. Aquí vivió Ana de Mendoza, hija de los condes de Melito, la controvertida princesa de Éboli, esposa del privado real Ruy Gómez da Silva, y casi segura amante del propio rey Felipe. El hecho es que, según Morayta, “el primogénito de sus hijos era el único que tenía la cabellera como el rey, rubia y que se vanagloriaba de ser hijo del monarca y que en la corte, como tal hijo del rey se consideraba, y más porque Felipe II  hacía que se le guardasen las mismas consideraciones que al príncipe de Ascoli, su hijo natural”.

Ana de Mendoza debió ser una dama muy guapa aunque tuerta tras un accidente, caprichosa acostumbrada a salirse con la suya e inconstante en sus voluntades.

En las afueras de Pastrana Teresa Cepeda fundó un importante convento descalzo y también Juan de Yepes otro masculino.

La extraordinaria aventura espiritual, intelectual, literaria y organizativa de ambos reformadores del Carmelo, no pueden dejar de sorprendernos. Pasando frío y penalidades de todas clases, cuando no bajo la persecución del Carmelo calzado, atravesaban la inhóspita Castilla de mediados del XVI entusiasmados con su voluntad fundacional.  Recuperaron el valor de la Mística como yoga de unidad espiritual. Sus biografías están repletas de sucesos metapsíquicos, algunos tan singulares que hoy llamaríamos propios del fenómeno OVNI.

El biógrafo de Juan de Yepes, el Padre Fray Gerónimo de San Joseph, también carmelita descalzo, cuenta así la peripecia de la fundación del convento masculino de los carmelitas descalzos en Pastrana:

Aviendo ya instruido el Santo Padre los novicios de Duruelo, y Mancera, se partió mediado Otubre (1570) a hazer lo mismo en el de Pastrana con título de Vicario de aquella casa. Halló n ella a un escogido rebañuelo de catorze Novicios que en el primer año de su fundacion se avian recebido todos excelentes, y de grandes esperanzas: los quales aunque muy fervorosos, y dispuestos a toda perfección, pero necesitados de doctrina, por no aver tenido Maestro de asiento, ni a proposito. Por lo qual el Santo Padre, como a quien tocava la enseñanza comun de la Reforma, comencó a instruirlos de nuevo en las obligaciones de ella. Luego se echó de ver en el Noviciado, y en toda la casa la eficacia de su Magisterio: porque andavan todos alegres, devotos y alentados, y con una Santa competencia diligentes en el camino del Señor.

No pudo durar mucho la asistencia de nuestro Beato Padre en Pastrana, porque avindose  fundado en Alcala en este año de 1571, un Colegio, que fue el primero y más señalado de la Orden, fue señalado en él por primer Rector, para que le diese el temple devido a la virtud y las letras…”

Santa Teresa explica de propia mano la peripecia de la fundación de su convento femenino en Pastrana. Se produjo en un momento muy inoportuno para ella porque estaba organizando el recientemente creado en Toledo pero obligada por la insistencia de la de Éboli, no se pudo negar. Estuvo en Pastrana unos dos meses antes de regresar a Toledo en ese mismo 1569. Cuando murió don Ruy cuatro años después a la princesa viuda se le antojó meterse a monja descalza en el convento de Pastrana con el nombre de Sor Ana de la Madre de Dios. Sin embargo, al parecer sus caprichos y exigencias fueron tantos que Santa Teresa decidió trasladar a sus monjas a otro convento en Segovia. La vida religiosa de la intrépida doña Ana como monja descalza duraría solo unos meses. Luego de lo cual volvería a tener amoríos con el rey y ante la infidelidad de éste disfrutaría de su viudez con otros amantes, el secretario de Estado Antonio Pérez, el más importante de todos.

En la plaza pastranera de la Hora, junto al palacio ducal existe una placa conmemorativa de la visita de Cela. La plaza se mantiene en lo principal como la describe don Camilo: “La plaza de la Hora es una plaza cuadrada, grande despejada, con mucho aire. Es también una plaza curiosa, una plaza con sólo tres fachadas, una plaza abierta a uno de sus lados por un largo balcón que cae sobre la vega, sobre una de las dos vegas del Arlés”.

El viajero se fija allí en una misteriosa y esbelta dama con andares como de felino cansado que también se asoma a ver el paisaje. Luego inesperadamente se la vuelve a encontrar en el hotel. Resulta ser una ciclista aficionada que ha parado en Pastrana para hacer noche.

El tute por estrechas carreteras secundarias hace que el viajero se sienta algo cansado y decida irse a acostar pronto. Mañana un paseo por Pastrana y luego ruta hacia el destino final, la hermosa ciudad de Cáceres.

Pero antes hay que picar algo. En un primer bar el dueño le indica que aún es pronto para el Pastrana la nuit y la cocina está cerrada. En otro establecimiento negocia que le pongan medias raciones. La de callos estaba muy buena. En los precios se observa ya la influencia madrileña. Para bajar la cena pasea por calles empinadas de nombres sugerentes o de personalidades históricas españolas. Algunos balcones lucen banderas españolas. Seguimos en zona nacional.

Ya de mañana, el viajero no pudo entrar en el palacio ducal pero seguro que ya no se encuentra en el estado calamitoso descrito entonces por Cela. Tampoco en el museo de tapices idea que fue de don Eustoquio García que fuera párroco de la villa. La visita a la plaza de la fuente de los Cuatro Caños es obligada.

El viajero compra unos melones, se despide de Pastrana y vuelve a la agitación de la civilización industrial.

 

 

Menos mal que le queda el destino final de la ciudad monumental de Cáceres.  Allí paseando por el Parque del Príncipe acompañado por su sombra podrá poner en orden sus pensamientos y los recuerdos de su excursión por la España eterna.

¿Eterna?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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