Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Autobiografía de un yogui

 

“Cuando la justicia se debilita y decae, cuando la injusticia medra altanera, entonces mi espíritu surge en la tierra.

Para la salvación de los que son buenos, para la destrucción de la maldad en el hombre, para la realización del reino de la justicia, vengo al mundo edad tras edad.

Aquel que conoce mi nacimiento como Dios y conoce mi sacrificio, cuando abandona su cuerpo mortal deja de ir de muerte en muerte, pues he aquí que viene a mí.

¿Cuántos son los que hasta mi han llegado, confiados en mi, llenos de mi espíritu, en paz frente a las pasiones, los temores y la ira; purificados por el fuego de la sabiduría!”

(Diálogo entre Krisna y Arjuna, Bhagavad Gita, versión del sánscrito de Juan Mascaró)

 

He tenido la suerte de participar como espectador activo en la función “Autobiografía de un yogui” ofrecida por Rafael Álvarez, “El Brujo” en el Gran Teatro de Cáceres.

Se trata de una arriesgada genialidad, de un espectáculo verdaderamente extraordinario. Por su rareza, por su desarrollo, por su ironía y humor cervantinos, por su valentía, por su profundo alcance espiritual, inaudito en los páramos culturales propios del paisaje dominante en nuestro sombrío presente dominado por el Kali yuga.

“El Brujo” nos cuenta a su modo, cervantino, socrático, lúcido, valiente, ameno, abierto, libre, con la difícil sencillez de la maestría, las peripecias vitales de cierto yogui y maestro espiritual indio, Paramahansa Yogananda, al que Rafael considera su maestro, cuya autobiografía glosa, y en la que se basa la función.

Son muchas y grandes las cosas que nos sugiere la obra. La permanente validez de la Tradición. Esa Tradición con mayúsculas que inspira lo mejor de Oriente y Occidente. Que es la verdadera base de la Civilización. El Espíritu sobre la Materia. La realidad mental del Todo. Nuestra identidad como criaturas con ese Todo.  En la línea de los Upanishads, el famoso Bhagavad Gita es citado en la representación, una forma del combate entre el Bien y el Mal que se desarrolla en la conciencia humana.

Al cabo, El Brujo nos ofrece su testimonio espiritual. Entre bromas y veras, nos invita a conseguir nuestra realización del Ser, la liberación gracias a la experiencia del tat tvam asi, el Tú eres eso, la identidad entre el Atman y Brahman. Una ecuación que, como la de la conversión de materia en energía, nos muestran los grandes místicos de todas las culturas y tradiciones. También los Juan de Yepes o Teresa de Jesús que Rafael ya ha tratado en otras de sus funciones. Búsqueda de la Luz primordial. Conocimiento de lo sagrado que se logra con la ayuda de la meditación, el ascetismo y la Raja Yoga, del que el maestro Yogananda fue introductor en Occidente.

Como puede apreciarse por estas breves líneas, El Brujo arriesga mucho en esta obra que dura cerca de dos intensas horas, en la que llena el escenario con su gran carisma y personalidad, en armonía entre corazón y cabeza, idea y emoción, acompañado solo por la música en directo de Javier Alejano al sitar. Como perdices en campo raso, se presta al tiroteo inmisericorde de los prejuicios, la incomprensión, el miedo a las verdades incómodas, la amenaza al tenebroso tinglado establecido que se retroalimenta tanto con la vacía ortodoxia religiosa fósil como con el materialismo ateo ramplón que, como una pinza o trampa siniestras, atenazan nuestra evolución espiritual, lastran nuestra civilización e incluso ponen en riesgo la convivencia.

El público que llenaba la sala estuvo a la altura. “Tiemblen después de haber reído” proponían en la famosa revista satírica La Codorniz. Es posible que tras esta función,  antes de volver al feroz atolondramiento de lo cotidiano, en muchas conciencias se hayan hecho vibrar notas dormidas. Y el oído atento, leal y sincero consigo mismo, pueda sentir el temblor de la experiencia de lo sagrado.

En mi opinión, tal es la razón última de ser del Arte verdadero. Su servicio leal y sincero con la propia obra, constituye la más alta satisfacción y realización personal del artista. Con la plenitud en este caso de ser reconocida por el público.

Mi sincera enhorabuena al maestro.

 

 

 

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