Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Un apunte sobre federalismo y la España invertebrada

Es bien sabido que para Ortega no era correcto hablar de la decadencia de España porque nunca habría tenido verdadero esplendor en realidad.

Durante mucho tiempo la legitimidad de la unión entre los distintos reinos y regiones españolas se basaba en la existente entre el Trono y el Altar más que en una escasa, cuando no inexistente, voluntad de la nación. Personajes lúcidos de la etapa de la dinastía austríaca como el conde-duque de Olivares trataron en vano de que todos los españoles, independientemente del antiguo reino del que procediesen, se consideraran con los mismos derechos y deberes.  La conspiración de parte de la aristocracia con el de Medinasidonia a la cabeza y la rebelión de los catalanes con su fuga de ida y vuelta a la vecina, pero no dulce, Francia puso fin a tal aventura.

El tratado de Verona de 1822 que propició la restauración absolutista fernandina en el trono y la liquidación del trienio liberal de Riego se firmó para satisfacer los derechos del soberano pero no los de la Nación. Con gran coherencia interna se acordaba la persecución de la libertad de imprenta, instrumento de la voluntad popular en contra de la de los príncipes así como el concurso de Su Santidad el Papá “a fin de avasallar a las naciones”.

Recordando de nuevo a Ortega, el mal de España se llama particularismo. Particularismo también patente en dos elementos vertebradores clásicos: el Trono y la Iglesia, idea que defienden también ahora los modernos integristas periféricos, especialmente los nacionalistas vascos del PNV. Estos roles políticos de la declinante Iglesia han sido adoptados por la secta pesoista, renovando la antigua Alianza con una especie de UTE con la Corona para tratar de taparse mutuamente las vergüenzas. También algunos cortesanos actuales que piensan que la separación de Cataluña sería paliada si los Borbones pudieran presidir una especie de Comonwealth a la española.

A falta de un verdadero patriotismo nacional, el constitucional tiene un hermoso antecedente en el Cádiz de 1812. Probablemente y esto no suele ser tan políticamente correcto recordarlo, también lo eran aquellos afrancesados que pensaban que el rey José, no podía, aunque quisiera, alcanzar la abyección e ignominia de los últimos borbones. Que por ello lo mejor para España era tratar de mantener la paz y el orden público, base de toda prosperidad moral y material, en vez de recuperar una dinastía que había dado tantas repetidas muestras de inmoralidad e ineptitud.

Cuando, tras el magnicidio de Prim y la partida del noble rey Amadeo, se proclama la I República, España parece estallar en pedazos, dando lugar a una abigarrada pepitoria de cantones, y localismos que impiden el gobierno.

Pero no todos los republicanos están afectados por las ideas federalistas del barcelonés Pí y Margall. Los sectores más conscientes de la situación ven venir el desastre en la impotencia. El proyecto de nueva constitución republicana federal es arrumbado tras las intervenciones entre otros de diputados como León y Castillo, cuyo lúcido discurso en las Cortes durante una memorable sesión de debate acerca del proyecto constituyente debiera ser recordado. Al final, el último presidente de la I República, don Emilio Castelar, se vio obligado a gobernar mediante real decretos suspendiendo la actividad parlamentaria. A principios de enero de 1874 contra el consejo de su amigo el general Pavía se somete a una moción de confianza que pierde como era previsible, y el primer experimento republicano resulta definitivamente arrumbado.  La República de modo harto paradójico muere a manos de la doble reacción: la de los nostálgicos de los borbones en sus ramas carlistas e isabelinas y la de la fauna variopinta de federalistas o cantonalistas.

Contra la opinión de Ortega, los defensores del estado integral republicano como Azaña pensaban que los estatutos de autonomía servirían para reforzar a España y la república, pronto se vio que los sectores más extremistas los consideraban como una plataforma para la escisión. Ortega demostró conocer mucho mejor lo que son capaces de dar de sí nuestros separatistas que el polémico político alcalaíno.

En ninguna de las experiencias republicanas anteriores cabe hablar de una constitución federal. La idea “federal” en la tradición española, salvo los pimargalianos y los anarquistas bakuninistas, como mal menor,  probablemente era más frecuente entre los monárquicos partidarios del Antiguo Régimen. En efecto éstos contaban con el régimen de fueros, jurisdicciones locales y privilegios como una barrera para la libre circulación de las ideas, las mercancías y los hombres propias del sistema liberal, si se evitaba la unidad de acción en todo el territorio, sería más fácil mantener los privilegios y en general el status quo pre-existente.

En estos momentos en que el presente Régimen monárquico, apuntalado in extremis por la abigarrada patulea sorosiana, se desacredita y deslegitima a la vista del más topo, uno de los factores fundamentales a tener en cuenta es el del mal llamado federalismo. Un vicio propio pero azuzado por conocidas potencias extranjeras.

Bajo el chantaje, cabe la posibilidad de que ya esté apalabrada una modificación de la lamentable constitución del 78, pero en un sentido contrario al deseable para el bienestar de la nación y de los españoles. Por lo que se ve el conocimiento de la Historia sirve de poco salvo para particulares vendettas sectarias.

 

 

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