Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Serrano Suñer, el embajador Hayes y la libertad de expresión y creación

No podemos dejar de ver con preocupación como, ante cierta indiferencia suicida, se está instaurando una nueva policía de pensamiento sobre lo políticamente correcto, la llamada violencia de género, el sionismo, la homosexualidad o… la agresión a Rusia, que trata de imponer sus propios puntos de vista sobre las cosas. Un ejemplo reciente es el Proyecto Centinela creado para organizar y subvencionar una red de soplones y delación de supuestos antisemitas, entendiendo por tales cualquiera que se oponga a los excesos del actual Estado israrelí. Un Comité secreto ad hoc valorará las acusaciones de los soplones para tomar las medidas que considere pertinentes contra los denunciados. Procesos que recuerdan las mañas y maneras de la Santa Inquisición, las redes de delación nazis o el tristemente célebre Comité de actividades antiamericanas, por citar algunos ejemplos famosos.

En relación con estos asuntos hoy vamos a comentar muy brevemente, da para mucho más, un caso de actualidad que tiene que ver con la ignorancia o tergiversación de nuestra Historia a gusto y satisfacción de buscones, revanchistas, lanceadores de moro muerto y sectarios en general. Un proceso que tiene efectos lamentables para el conocimiento de la realidad y la comprensión de nuestra Historia contemporánea y, desde luego, para nuestra propia convivencia como españoles. Se trata de otro caso de la mal llamada Memoria Histórica, pretexto para una nueva inquisición y despotismo renovados. En verdad más bien resulta desmemoria histórica, tergiversación e ignorancia programadas.

Me refiero a la campaña propagandística perpetrada por cierto grupo de progres para intentar censurar una serie de televisión ambientada en la España de la inmediata posguerra civil. El colmo de la indignidad y de la vergüenza es que la supuesta izquierda combata la libertad de expresión, creación o de cátedra. Y también para denostar sin tener en cuenta los condicionantes históricos de la figura, entonces muy importante, del cuñado de Franco y entonces ministro de Asuntos Exteriores, Ramón Serrano Suñer. Personaje notable que además de ser germanófilo, falangista amigo del régimen alemán, tuviera unos amoríos con cierta aristócrata de los que nacería la que luego se convertiría en una preciosa e inteligente dama con influencia durante la Transición. La serie de televisión que tal progresía intenta prohibir trata estos aspectos relativos a su vida privada.

La campaña citada es del parecer que no se denigra o insulta bastante en esa serie al citado personaje. Porque es dogma de la mal llamada Memoria Histórica que Serrano Suñer y Franco eran malísimos, sin mezcla de bien alguno, fanáticos genocidas antiespañoles que estaban empeñados en entrar en la segunda guerra mundial junto con Hítler y el resto del Eje.

Sin embargo, las cosas sucedieron con muchos más matices, y Franco demostró una gran astucia para hacer concesiones retóricas y diplomáticas a los nazis pero proteger de forma encubierta intereses de los aliados, y en especial, de EEUU.

Así lo reconoce y lo cuenta en sus memorias un personaje tan poco sospechoso de veleidades franquistas como fuera Carlton Hayes, el embajador norteamericano en España desde 1942 a 1945, años cruciales de la Segunda Guerra Mundial y en los que la Península Ibérica y España en particular, se convirtieron en áreas de gran importancia geoestratégica para ambos bandos en conflicto. No en balde las titula Misión de Guerra en España (EPESA, 1946).

El Doctor Hayes estaba muy lejos de ser la figura del político ignorante, prepotente, arrogante y pendenciero, por desgracia tan habitual entre los dirigentes norteamericanos actuales.  Se trataba de un catedrático de reconocido prestigio académico y personal experto en Historia, conocedor de la de España, y profesor de varias universidades americanas. Demócrata, de firmes ideas republicanas y partidario de los derechos civiles, muy poco simpatizante del Régimen de Franco, se mostró muy reticente a aceptar la embajada en España que le propusiera el Presidente Roosevelt.  Por la insistencia del Presidente, interesado en mantener la neutralidad o al menos la no beligerancia de nuestro país en una etapa tan crítica, así como por la suerte del tesoro artístico español, al cabo acepta el puesto de embajador norteamericano en España donde se traslada con su familia en la primavera de 1942.

El embajador Hayes narra la ceremonia de entrega de credenciales en el Palacio Real y su conversación posterior con Franco. ”Pronto me di cuenta que ningún parecido guardaba el General con las caricaturas que de él corrían en la prensa”izquierdista” de los estados Unidos. Físicamente no era tan gordo ni tan bajo como querían presentarlo y tampoco hacía nada por “pavonearse”. Desde el punto de vista espiritual  me pareció no tener nada de torpe ni ser un “poseído” de su persona, antes se me reveló como dotado de una inteligencia clara y despierta, y de un notable poder de decisión y cautela, así como de un vivo y espontáneo sentido del humor. Rió fácil y naturalmente, como yo no puedo imaginarme que lo hiciesen Hitler o Mussolini más que en la intimidad”.

Tras narrar el resto de la conversación y en especial el intercambio de opiniones sobre los papeles de Alemania y Rusia en el que quedó patente la oposición de Franco al comunismo, el embajador prosigue:

“Dio realmente pruebas de gran cortesía, tanto de palabra como de actitud. Su silencioso Ministro de Asuntos exteriores, Sr. Serrano Suñer, en cambio, me pareció dudoso, irónico, más bien sentí que estaba cordialmente inclinado al Eje”.

A lo largo de sus memorias, el embajador establece una especie de catálogo de personajes de la época, tanto españoles como del cuerpo diplomático acreditado. Y va desgranando sus opiniones y conclusiones sobre España a lo largo de casi cuatrocientas páginas. Entre ellas, por ejemplo, cabe espigar las siguientes:

“(Franco) Vivía en un palacio relativamente modesto”.

Los grandes inconvenientes del momento son los pésimos transportes y la escasa y excesivamente cara alimentación. Los ferrocarriles están verdaderamente destrozados y las carreteras piden a gritos una nueva pavimentación. Casi no se ven coches particulares y los pocos automóviles y camiones, al igual que los taxis, avanzan a saltos, con unos contrapesos que llaman gasógenos. La falta de transportes, unida a la carencia durante seis años de abonos, explican la terrible escasez de alimentos…”

 “No intento entablar, como no lo hice entonces, una discusión sobre el pro y contra de la guerra civil española o lo que a ella condujo. Debo señalar, sin embargo, basado en una cuidadosa y creo que objetiva investigación y profundo estudio de España, que no fue tan sencilla como muchos publicistas extranjeros quieren presentarla. No fue una lucha bien delimitada entre democracia y fascismo, ni el primer “round” de la Segunda Guerra Mundial. Es totalmente cierto que no fue un conflicto entre un “negro puro” y un “blanco puro”, sino que en cada parte había tonalidades grises. Ninguno de los bandos era totalmente homogéneo, y amargas atrocidades fueron cometidas por ambas partes.

 Por otra parte, por lo que sé de la Historia de España y de los acontecimientos del país entre los años 1931 y 1939, estoy convencido de que cualquiera que hubiese sido el bando vencedor de la guerra civil hubiera quedado rápidamente bajo el influjo de sus grupos más extremos y habría impuesto al vencido idéntica clase de prescripción y castigo…. Nadie puede estar seguro de lo que habría ocurrido si la coalición contraria hubiere triunfado, pues la condición no se dio, pero sospecho firmemente de que en tal caso otros grupos extremistas, tales como los comunistas y anarquistas, hubieran ascendido al Poder y hubieran demostrado no menos intolerancia y deseos de venganza”  

 “Recuerdo una conversación con un izquierdista que había sido alcalde de Toledo durante la República,…no sentía aprecio por sus carceleros ni menos hacia el régimen del General Franco. Sin embargo, atribuía que este obtuviera el Poder no a una determinada superioridad militar o estratégica de los nacionales en la guerra civil, ni a la ayuda que recibieran de Alemania e Italia, sino a la escisión y querellas entre los republicanos, que los comunistas agravaron y explotaron en beneficio propio, cargando de ese modo de deshonor y llevando al desastre la causa republicana en España…”

Como puede apreciarse, el embajador da todo un mentís a cierta visión premeditadamente idealizada del bando republicano que pretende imponer la izquierda de pensamiento único, asume la derechona acomplejada y cínica, pero que fuera denunciada ya en su día por investigadores hispanistas como Bolloten.

En realidad, los fascistas italianos y alemanes, desde que empezaron a intervenir en la guerra de España y dar su ayuda militar, “vendieron” su ideología, organización y métodos a un grupo de españoles, Serrano Suñer entre ellos, quienes adoptaron y adaptaron a la hasta entonces insignificante Falange, logrando que el General Franco la injertase en su dictadura militar. En otras palabras: el fascismo en España fue un artificio postizo de gobierno, mientras que los Gobiernos de Alemania e Italia brotaron del fascismo y estaban completamente dominados por él”.

Por eso “El Gobierno español estaba constituido generalmente por cinco falangistas y otras seis personas: dos tradicionalistas, dos monárquicos liberales y dos independientes. Tal era el equilibrio que el General Franco parecía querer conservar.” Semejantes equilibrios de poder entre corrientes se reproducían a nivel provincial.

Así, la caída de Serrano Suñer se compensó con la del General Varela.  Se descubrió que un atentado contra este último en Bilbao en el que murieron varias personas, aunque él saldría indemne, había sido perpetrado por jóvenes falangistas. Con tal motivo Franco aprovechó para hacer una crisis y sustituir a Serrano Suñer por el Conde de Jordana y al General Varela por el General Asensio. En Exteriores se cambiaba un falangista por un tradicionalista. Y un falangista sustituía a un tradicionalista en la dirección del Ejército. De modo que aunque la correlación de fuerzas teóricamente continuaba, en Asuntos Exteriores, cartera de tanta importancia estratégica en esta etapa de la Guerra mundial, se sustituía un germanófilo por un adialófilo.

Hasta entonces el papel de Serrano Suñer había sido muy popular e importante.

En 1940 era general la creencia de que España, bajo el mando del General Franco se uniría rápidamente al Eje, y que, siguiendo a Italia, entraría en la guerra…. Por qué no siguió entonces el General Franco el ejemplo de Mussolini y utilizó la dorada oportunidad para atacar al aislado y acosado Gibraltar británico y a la vencida y desvalida Francia en África del Norte? …

El embajador Hayes recoge el testimonio que le diera, ya en 1943, el embajador italiano, llamado Paulucci: “Franco estaba en extremo mal dispuesto a seguir a Italia en la declaración de guerra, por dos razones principales. Primero, ansiaba que España se recobrase de las devastaciones de su guerra civil mejor que embarcarse en otra guerra. Segundo, tenía miedo de que, si España entraba en la guerra en tales condiciones de debilidad, el país se viera sujeto a una ocupación e intervención de alemanes e italianos, y con ello perdería la independencia nacional y posiblemente parte de su patrimonio”.

En relación con la famosa entrevista de Hendaya, Hayes cuenta lo descrito en un informe recibido en 1944 sobre ciertas declaraciones confidenciales de Serrano Suñer en las que decía que Franco no quería entrar en la guerra y puso como excusa la lamentable situación del país y la falta de motivación para “vender” tal entrada si no hubiera alguna ventaja territorial como pretexto. Pidió el Marruecos francés como compensación. Pero Hitler se opuso mientras no se entrevistase con Petain para examinar con él la situación. Franco “aliviado en gran manera” habría aprovechado el argumento para resaltar que “Petain era un gran amigo de España y que jamás haría nada para injuriarle o dificultarle su tarea en el gobierno de Francia.

Según Serrano Suñer, Hitler comunicó a su séquito después de la entrevista de Hendaya que “no debía esperarse de España un ofrecimiento de ayuda militar en la contienda.

Otro asunto de gran interés relacionado con Serrano Suñer fue su posterior visita a Berlín. Sobre la trastienda de esta visita Hayes recoge sendas explicaciones contrapuestas.  La del citado embajador  Paulucci es que “el Ministro español de Asuntos Exteriores trataba de hacer algunas gestiones con los alemanes para la entrada de España en guerra, pero que Franco envió a otro ministro para contrarrestar y evitar que hiciese tales proposiciones”. Por el contrario, “según el General alemán Jold, Serrano Suñer de acuerdo con Franco, hacía de tope contra la presión de Ribbentrop y de Hitler para España participara en la lucha.”

De ser cierta esta última versión, Serrano Suñer habría antepuesto su patriotismo a su ideología germanófila.

El embajador americano opina que “Por todos los informes que me ha sido posible recoger, y por las conversaciones que sostuve con el Conde de Jordana y con el mismo Caudillo, tengo la absoluta seguridad de que Franco, al contrario que Mussolini, ya en 1940 estaba decidido a no entrar en la contienda.”

Más allá de las consignas es preciso intentar ser ecuánimes en los juicios a las personas e instituciones teniendo en cuenta sus condicionantes, comprender motivaciones, buscar las causas de los fenómenos históricos y sus interacciones dialécticas, más que las anécdotas, si queremos que la Historia nos sirva para evitar o paliar futuros desastres.

En lo fundamental a esto se dedicó el embajador Hayes, al que debemos un importante y bien documentado testimonio acerca de una etapa especialmente azarosa de nuestra Historia y al que cabe considerar un caballero amigo de España.

Dicho quede en beneficio del siempre complejo y difícil de interpretar conocimiento histórico.

 

Información complementaria, la labor de Ángel Sanz Bríz, diplomático español en Budapest

 

 

 

 

 

 

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