Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Distinguido público: “Pasen y vean. He aquí el teatro”

“Calisto; En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios.

Melibea; ¿En qué, Calisto?

Calisto: En dar poder a natura que de tan perfecta hermosura te dotase, y facer a mí inmérito tanta merced que verte alcanzase, y en tan conveniente lugar, que mi secreto dolor manifestarte pudiese.”

Con este precioso diálogo entre los dos infortunados amantes comienza una de las obras más geniales pero también trágicas y desoladoras de nuestra Literatura.

La Celestina nos conmueve con el trágico drama humano del fracaso del Amor y sus anhelos ante ciertas convenciones sociales y determinadas instituciones hipócritas y corrompidas. Un fracaso que se repite muchas veces en lo individual a lo largo de la vida y en lo colectivo a lo largo de la historia. Una esperanza renovada pero arrojada una y otra vez al ocaso.

Para Federico García Lorca: El teatro es uno de los más expresivos y útiles instrumentos para la edificación de un país y el barómetro que marca su grandeza o descenso.  Un teatro sensible y bien orientado en todas sus ramas, desde la tragedia al vodevil, puede cambiar en pocos años la sensibilidad del pueblo, y un teatro destrozado, donde las pezuñas sustituyen a las alas, puede achabacanar y adormecer a una nación entera.

El teatro es una escuela de llanto y de risa y una tribuna libre, donde los hombres pueden poner en evidencia morales viejas o equívocas y explicar con ejemplos vivos normas eternas del corazón y del sentimiento del hombre.

García Lorca no sólo escribía sino que desarrolló varias iniciativas como La Barraca para llevar a la gente los logros y beneficios culturales y estéticos del teatro.

Se podrá argüir que hoy el cine y la televisión han tomado el relevo del papel civilizador que Federico atribuía al teatro.  Que incluso hubo un momento de transición durante la malvada dictadura en la que existían grandes programas de televisión como el añorado Estudio Uno donde se adaptaban obras maestras del teatro de autores tanto españoles como del resto del mundo a ese nuevo medio. Son ya míticos actores y actrices como José María Rodero o Nuria Torray. Y realizadores como Gustavo Pérez Puig o Juan Guerrero Zamora, entre otros.

Pero, ¿qué queda hoy de ello?

Con honrosas excepciones, la TV actual se concibe como un negocio y un modo de manipulación política y mental para despistar al personal y excitar los más bajos instintos del populacho. Programas deleznables en horas de máxima audiencia sustituyen a los culturalmente ambiciosos y bienintencionados de otrora.

El teatro ya no se hace en las salas sino en supuestos más altos y severos organismos. En toda la onerosa parafernalia institucional dinástica que encubre la verdadera realidad. La  de una oligarquía nacional vicaria y en cierto modo decadente, porque cada vez hay más variables que ya no controla y que consciente o inconscientemente trabaja para fuerzas del extranjero más o menos claras o declaradas.

La Cultura clásica española está en almoneda. En parte víctima del siniestro colonialismo anglosajón y porque en cierto modo se está siguiendo el modelo de Gramsci. Según el autor italiano quien controla la Cultura controla las ideas políticas. Para entenderlo mejor conviene aplicar la gramsciana Teoría del Poder cultural. El sistema se beneficia de un poder cultural, de la adhesión de los espíritus a una determinada forma de concebir el mundo que le consolida y justifica. La propaganda y la deformación sectaria de la escuela constituyen modos de manipulación de esos espíritus, de su persuasión permanente.

Sin embargo, la antigua estructura oriental jerarquizada y dividida en clases de sacerdotes / reyes, guerreros y comerciantes ha cambiado hoy también su significado en lo que no deja de ser una notable subversión. Hoy podemos observar tres aspectos de la realidad social y política. El aspecto de lo económico se encuentra dominado por lo financiero. La economía real, la que sirve para satisfacer necesidades reales de las gentes, se subordina a los intereses financieros globalizados. La economía financiera con tipos de interés compuesto crece de modo desordenado y mucho más rápido que es capaz de hacerlo la economía real de bienes y servicios con base material, es decir que emplea cosas tangibles o recursos naturales. Las grandes guerras, las estafas, el agio, las recurrentes burbujas pinchadas, hacen que los capitales especulativos vuelvan a los sectores productivos. Es decir, son instrumentos para ajustar las economías financieras y productivas. Y por eso vuelven una y otra vez, como en la terrible y parecida crisis de los treinta. Sin olvidar, claro está, que el negocio de las armas y la industria bélica es uno de los más importantes del mundo. Y que, como decía Lord Keynes, si quieres vender algo antes tienes que crear tu propia demanda.

El capital especulativo es el que se produce por la disminución de la plusvalía productiva cuyo incremento no compensa la masa de capital empleado para producirlo, se expulsa a dicho capital de la producción para entrar en todo tipo de especulación, tradicionalmente financiera y bursátil, con excepción de la droga que es blanqueada por algún banco. Lo que está en juego en los mercados especulativos no es ya la plusvalía producida por los diferentes capitales sino el capital mismo, porque lo que unos ganan, otros pierden en juego de suma cero. De ahí la importancia de la colusión entre banqueros y políticos para obtener información, cohechos o ventajas. Es decir, de la corrupción estructural institucionalizada. Y de tal juego de suma nula también se concluye que no pueda haber verdadera democracia dirigida al progreso social cuando lo financiero es hegemónico.

Ante la falta de desarrollo verdadero, cuando no son las carreras armamentísticas, las políticas reaccionarias supremacistas financieras neoliberales, a las que sirven los políticos títeres de los diferentes países, se camuflan mediante acciones de carácter social. Que engordan el déficit y aumentan la deuda y la dependencia, es decir, el negocio de los especuladores globalizados. O que se hacen a base de aumentar la carga fiscal de los que aún trabajan en la economía productiva, empeorando su situación para mantener contentos a los grupos ordeña presupuestos bien organizados. Esto es así, gobierne quien gobierne, porque al final siempre gobiernan los mismos.

Valle Inclán ya se barruntaba, y lamentaba, que “El Arte se hace un oficio de celestinas”.

En efecto, para justificar este expolio y durante la presente fase transitoria, la Cultura se deja en manos de la actual Pseudo-izquierda domesticada, justificadora del imperialismo humanitario y generadora de más y más deuda. Es decir, cómplice activo de la reacción y de la implantación del hiper globalizado Nuevo Orden Mundial (NOM) que nos amenaza.

Paradójicamente el resultado de esta Revolución reaccionaria y plutocrática es similar al que explicaba Dostoyesvki en su novela Endemoniados cuando ponía en boca de uno de sus personajes, un revolucionario nihilista ruso, las estrategias a seguir. Así, para Schigálev la organización social futura irá dirigida a una dominación por parte de una minoría hacia casi la totalidad de la Humanidad. Habrá una Fase previa: lo que llama el Quinquevirato que disimula su condición entre los otros. Y más tarde como corolario la división de la Humanidad en dos partes desiguales. Una décima parte de la misma recibirá la libertad personal y un derecho ilimitado sobre las otras nueve partes restantes. Estas vendrán obligadas a perder la personalidad y en convertirse en algo así como un rebaño, y, mediante una obediencia sin límites, alcanzar la primitiva inocencia, por el estilo del primitivo paraíso, aunque de otra parte, tendrán que trabajar. Hay diferentes medidas para extirpar la voluntad a las otras nueve partes de la Humanidad y reducirlas a la condición de rebaño, merced a la educación de generaciones enteras…

En estas condiciones, pues, en absoluto conviene al Poder fomentar la Cultura. No es raro entonces que, por ejemplo, el Informe PISA ofrezca malos resultados cuando lo que al Poder le conviene es gente embrutecida, a ser posible sin dignidad ni honor, con mentalidad y vocación de mendigo pedigüeño, neo galloferos del a ver qué pillo con el menor esfuerzo posible. Y es que en el actual estadio de civilización al Poder no le conviene estimular el esfuerzo por ser mejores, la educación del carácter o de la voluntad, de la inteligencia y en los valores metafísicos.

Para la plutocracia internacional, que ahora algunos califican de “cleptocorporatocracia” el creciente desorden de los Estados, siempre que se encuentre bajo su control en lo que a ella interesa, hace prosperar sus negocios e intereses, engorda la gusanera de la corrupción y de la Deuda. Y facilita la descomposición y desmantelamiento previos a una nueva ordenación del Poder, ahora globalizado en lo que se denomina NOM. Por eso le conviene promover el pensamiento único, cómplice de esa construcción, especialmente en los pueblos primarios, embrutecidos, sin  formación moral ni instituciones dignas.  Pueblos prescindibles con nuevas tecnologías de producción y dominación. O fácilmente esclavizables.

Las instituciones pretendidamente democráticas devienen en farsa, cuando no vodevil o comedia de enredo. O teatro del absurdo con lenguaje camelo incluido. Me refiero al gran Enrique Jardiel Poncela y su teoría y práctica del camelo como lenguaje idiolecto amén de recurso estilístico. El camelo se basa en el empleo creativo de unos cuantos artificios: La invención de palabras. Las referencias apócrifas de citas, títulos, autores. Textos en otros idiomas, en especial falsos latinajos. Referencias engañosas, normativas o leyes fingidas o imaginarias o con carácter retroactivo, morcillas teatrales, discursos con apariencia de sentido pero que en verdad carecen de él. Todas estas mañas debidas al ingenio de Jardiel son falsa moneda común en el lenguaje de los políticos de la Monarquía, camelísticamente llamada “democracia” con singular exageración y abuso de propiedad, sino directamente “mohatra”. Nombre con el que era conocido por los grandes de nuestro Siglo de oro el fraude, la falsa apariencia, el desleal engaño provocado por la venalidad de las instituciones o personas garantes de la legalidad que debieran defender como autoridades. En todo caso, una democracia deshabitada de demócratas. Ojalá que tal teatro del absurdo no acabe en tragedia.

Sin soberanía real ni separación de Poderes y con Parlamentos mohatreros las sesiones resultan representaciones de corral de comedias dejadas a la improvisación, morcilla más o menos, de los diferentes actores de la compañía. Son personajes que adoban abstrusos discursos, se disputan quién va a ser primer actor del elenco y su botín asociado, pero que ni siquiera buscan autor como diría Pirandello porque, al cabo, son simple representación ya que el Poder real no se encuentra allí. Y ellos lo saben. La farsa sirve para distraer al público cuando no simple y llanamente santiguar sus bolsillos mientras están distraídos viendo la función. De vez en cuando, para que el interés no decaiga y baje la taquilla, aparecen en escena nuevos elementos para enredar, confundir y hacer bulto, aunque los anteriores se resisten como gato panza arriba a hacer merecido mutis y dejar el disfrutado momio a otros.

 

Distinguido público, esto es el sistema, cumbre de la civilización y avalado por el pensamiento único y políticamente correcto.  Sin embargo,  pese a todo, algunos despectivamente llaman “populismo” a ciertos crecientes mecanismos de defensa sobre todo de parte de la parte más lúcida de la clase media, garantía e instrumento del funcionamiento ordenado y progresivo de las sociedades, así como de unos pocos intelectuales heterodoxos. Acciones tendentes a intentar poner freno a este estado de cosas antes de que resulte irreversible. Los insultos para los populistas se completan con otros de puro jaez orwelliano tales como racistas, xenófobos, antisistema, fascistas, ultranacionalistas…

Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Ceguera a la que intentan condenar las diversas instituciones de unas naciones subvertidas, en profunda crisis de civilización, donde “las pezuñas sustituyen a las alas” y que consciente o inconscientemente están siendo llevadas a la disolución y al matadero.

Ceguera, por cierto, que a lo largo de la Historia han venido combatiendo, con desigual fortuna y méritos, la Cultura, el Arte y el Teatro.

 

El desgraciado final de Calisto y Melibea, ¿forzosamente ha de tener carácter fatal?

¿Podemos hacer algo para evitarlo quienes no estamos de acuerdo con él?

En vez de seguir viendo la función como meros espectadores, ¿acaso debiéramos subir al escenario para posibilitar un final distinto?

En todo caso, el amable lector juzgará a qué especialidad pertenece este texto que acaba de leer: drama, tragedia, comedia, teatro del absurdo, vodevil, enredo, teatro ficción, farsa, romance de ciegos, pliego de cordel o simple camelo.

 

 

 

 

 

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