Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Gramsci y el voto de la lamprea

Suenan las campanas a arrebato llamando a acudir a la cosa de las votaciones. Una nueva plaga, más temible que un nublado o que la invasión de la langosta, porque gane quien gane tales votaciones, con o sin cireneos electrónicos, los ciudadanos españoles siempre pierden, ya que el sustancioso botín en disputa en esa merienda de galleguistas se hace a su cargo.

procesion electoralLa CCAA gallega, no solo es un aparato político sino que también organiza el consentimiento hacia su dominación. La ideología dominante aquí se basa en dos aspectos complementarios: el poder del dinero y su aliado local, el galleguismo más o menos miope o tribal, desde luego despótico y sectario como instrumento, sustitutivo de la ciudadanía española en Galicia, y decidido arrebañador sino saqueador de los presupuestos oficiales de la Junta.

Para entenderlo mejor conviene aplicar la gramsciana Teoría del Poder cultural. La Junta se beneficia de un poder cultural, de la adhesión de los espíritus a una determinada forma de concebir el mundo que le consolida y justifica. La propaganda y la deformación sectaria de la escuela constituyen modos de manipulación de esos espíritus, de su persuasión permanente.

La mayoría ideológica o psicológica asimilada es más importante que la parlamentaria, porque esta sin mantener también la primera no suele durar mucho. Por eso esa ideología galleguista o indigenista es defendida en la práctica por todas las formaciones políticas más allá de su hipotética coherencia. El rentable y socorrido Castelao los cría y la querencia del negocio del ordeño de los presupuestos los junta. La alternativa de los derechos civiles de la ciudadanía, en realidad ligada a la Cultura de España y lo español, está preterida, ninguneada, ridiculizada, sino directamente perseguida o proscrita de modo más o menos despótico. Si votar valiera para algo verdaderamente importante o decisivo creo que no nos dejarían. Pero ser callado o callarse de forma voluntaria sirve para aumentar el poder de los que hablan y tienen los medios para hablar. Todo depende de todo, de modo que cada nueva votación resulta fatalmente funesta pues sirve para apretar más, para dar otra vuelta de tuerca al grillete que margina y oprime a los ciudadanos españoles que viven en Galicia. En efecto, terrible dilema para el ciudadano es el tener que elegir entre caciques u hordas, ambos dispuestos a confiscar su nacionalidad española. El votar una y otra vez al considerado mal menor, no hace sino que se vayan acumulando sucesivos males hasta el desastre que ahora disfrutamos.

El acomplejado galleguismo oficial se gasta los presupuestos que le trasfieren desde el resto de España en blindarse a sí mismo. El BNGgalleguismo no es solo una lacra del Bloque o pelouro nacionalista de la estrella invertida, ni de las nuevas hordas mareadas o por marear. Ni de sus incoherentes cómplices del clásico socialismo internacionalista que consideraba el lío autonomista como maña o granjería de caciques, sino que por desgracia para España y los españoles también es bandera de corso, coartada del llamado PP de Galicia y no, en Galicia. Un pretexto para mantener los privilegios y actividades de oligarcas sin patriotismo que, para nuestra desgracia, resultan ser las contrarias a los derechos civiles, el sentido común y el bienestar social.

El tinglado autonómico gallego tiene su cosa mohatrera para el blanqueo de sus vicios gracias a una prensa del movimiento galleguista del te aplaudo y “tente mientras cobro” o bien, te pongo a parir hasta que me pagues. Junto con una telegaita desafinada y ruinosa, para que todo esté atado y bien atado. Pero también hay importantes “mejoras” históricas al modelo como el plagio de la liberticida normalización lingüística catalana cuyos excesos el PP no sólo se niega a corregir sino que fomenta de tapadillo. Y una lengua oficial o eclesiástica para oficiar como el viejo latín de las ciudades levíticas.

La neolingua gallega, criatura no natural, invento trasgénico orwelliano perpetrado por académicos, domadores de palabras y salteadores de presupuestos, tan lejos del gallego popular de parroquias y marineros. Y con un fin no confesado, conseguir el anhelo del decimonónico nacionalista Brañas: que todos los empleos oficiales sean para gallegos. Autarquía cultural pura y dura. Voluntaria, e inepta para resolver verdaderos problemas porque sabemos que entre adiabáticas ningún sistema puede generar trabajo útil indefinidamente. Pero con una diferencia notable: en los tiempos de don Alfredo, tan bien narrados por la eximia doña Emilia, los Trampetas de turno se pagaban mayormente sus propias redes clientelares caciquiles y ahora, con la cosa esta del progreso, las pagamos a escote entre todos los españoles desde el erario.

Pero desde la perspectiva gramsciana del Poder cultural el asunto es aún más repugnante cuando Galicia puede enorgullecerse de isla mar rojo wenceslaohaber dado grandes figuras a la Cultura y la Literatura española, hoy bochornosamente preteridos sino ninguneados por la funesta banda sectaria, cínica y semianalfabeta que controla la Política regional. Ni la Literatura ni la Cultura española podrían entenderse sin grandes genialidades consagradas como Valle, Torrente Ballester, Fernández Flórez, la Pardo Bazán, Valente, sin olvidar, entre otros muchos que el lector tendrá en mente, a Camba o a don Camilo, el del Premio.

Parafraseando a un noble e impenitente luchador contra los abusos de la oligarquía y del caciquismo, don Joaquín Costa, habría que echar siete llaves al sepulcro de Castelao. ¿Y echarlos al mar?

Lo mejor desde el punto de vista de la promoción de los derechos civiles y del aseguramiento de las prestaciones sociales, pensiones, educación, sanidad sería acabar con todos los ruinosos, sino incluso liberticidas, parlamentos regionales. Hoy, al final de la escapada de la chapucera Transición no va quedando más remedio que elegir entre lo uno o lo otro.

¡Veciños, veciños, roubaron o Corpo santo!

El verano coruñés es espantadizo y rara vez se muestra tan claro y rotundo como en este año. Es tal cual que Rajoy, envarado, tieso, con la herba namoradeira en una mano y un xunco de ben parir en la otra, marcha en santa y decidida peregrinación hacia ninguna parte, en un remedo de la que un burlón Miguel Buñuel mostraba en El discreto encanto de la Burguesía.

Como supremo argumento electoral también en el nivel regional, su alter ego orensano e imaginaria de igual servicio, insiste en el tan manido “O yo o el caos”. Toda una identidad si bien se mira.

Olvidando los graves y decisivos problemas internacionales que estamos viviendo, los españolitos se entretienen con la farragosa farsa que les muestran mientras se acerca imparable el otoño. De calendario tan horro de ilusiones como cargado de lúgubres presagios. Esta vez con la amenaza cierta de votaciones gallegas y la posible también de las dinásticas en general ¿Qué más nos harán ahora?

Para colmo, ¡Veciños, veciños, roubaron o Corpo santo!, ya no quedan lampreas en los ríos. No quedan lampreas hogaño porque robaron el cuerpo, o es al revés, robaron el cuerpo santo porque no quedan lampreas. El Florindo y Juan evangelista tampoco se ponen de acuerdo sobre el caso mientras recogen sus bártulos de pescar.

lamprea1Sin embargo, este voraz y primitivo pez ciclóstomo es considerado emblemático del galleguismo por su capacidad para dejar en los huesos a sus presas y eso que, sin mandíbulas, no muerde sino que chupa la nutritiva sangre orzamentaria.  Y hubo años como el 1908 en que, según el oficial de marina Sr. Cervera Valderrama citado por el eminente ictiólogo y catedrático Luis Lozano Rey, se pescaron unas 17.000 lampreas solo en el río Miño. Hoy la lamprea tradicional está siendo sustituida por su impostor sucedáneo criado en las piscifactorias de la Junta.

Las estaciones se suceden en la Galicia autonómica. Pero, hoy la tía Benita dos Carallos da la señal de alarma: ¡Veciños, veciños, roubaron o Corpo santo!

¿Conspiración de malvados castellanos españolistas? ¿Prenda de la insaciable plutocracia del maligno otro lado de Piedrafita? ¡Vade retro! ¿Milagro? ¿Lo robaron sus discípulos? ¿Lo han tirado al mar para criar lampreas? ¿Ha resucitado el santo varón para inaugurar un nuevo milenio de despilfarro autonómico, un típico Reich del grelo impasible a las amenazas de la crisis permanente?

El tiempo lo dirá. Aquí la comunión no es de cerezas con el lejano pero querido regusto del amado ausente, como nos contaba Gabriel Miró en su preciosa novela. El Régimen compostelano nos tienta a comulgar con la exquisita carne de la lamprea, pero no la mística de la verdadera Cultura que nace en libertad, sino la domesticada criada y cebada con picadillo de DOGA en piscifactorias compostelanas. La lamprea galleguista, extraña y antiquísima criatura endémica de organización sencilla, pero que según afirma el profesor Lozano es objeto de controversia pues mientras unos opinan que son representantes actuales, más o menos modificados de los antecesores de los peces, otros los creen simplemente formas degradadas por la vida parasitaria.   

 

 

 

 

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