Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Nuevas máscaras de la tragedia griega

Antígona se rebeló contra la tiranía de unas leyes inicuas que le impedían realizar lo que entendía era justo.  Terminó mal. La Grecia actual ha ofrecido otra lección dramática sobre la dificultad sino clara y simple imposibilidad de luchar contra el despotismo, en este caso de la plutocracia financiera, y salir indemne del intento.

Máscaras tragedia ov jpgPero, como en el teatro de Sófocles, toda esta aventura nos permite reflexionar dónde estamos en verdad. Nos ilustra sobre nuestra realidad, que está muy lejos de ser la que nos venden con mayor o menor fortuna los medios de intoxicación de masas. No solo hubo autores teatrales que explicaban las cosas desde la emoción estética sino también filósofos griegos que se ocupaban desde la razón en los aspectos teóricos o abstractos de discernir los atributos y condiciones de funcionamiento de los sistemas políticos.

Aristóteles nos explica en su Política que los sistemas políticos que existen o puedan existir pueden clasificarse conforme al menos a dos criterios: En atención a quienes sean los depositarios de la soberanía y quienes sean beneficiarios de su ejercicio. El primer criterio nos permite observar que puede ser uno, unos pocos o los muchos los que gobiernen. Cuestión que posee consecuencias más profundas pues al cabo tiene que ver con la riqueza en la sociedad: Pueden ser pocos (suelen ser los ricos) o muchos (suelen ser los pobres). El segundo criterio tiene que ver con la finalidad del gobierno. Si se gobierna en beneficio propio del gobernante o de la comunidad. Los regímenes o sistemas políticos que obedecen a este última finalidad: gobernar para beneficiar a la comunidad son todos ellos justos. Y los anteriores, injustos.

Cuando se combinan ambos criterios se puede hacer un cuadro con seis alternativas básicas. Tiranía, oligarquía y democracia. Monarquía, aristocracia y república o politeía. La república o politeía aristotélica es lo opuesto a la tiranía. Un gobierno de los más dirigido al bien común. Se trataría de una democracia en la que los pobres gobiernan en beneficio no solo de ellos mismos sino de todos, absteniéndose por ejemplo de confiscar el patrimonio de los ricos.

Aristóteles considera que “muy razonablemente es aborrecida la usura, porque en ella la ganancia procede del mismo dinero, y no de aquello para lo que éste se inventó”. En su Ética a Nicómaco critica a “los que se dedican a ocupaciones degradantes, como por ejemplo, la prostitución y otras semejantes, y los usureros que prestan cantidades pequeñas a un interés muy elevado. Todos estos toman de donde no deben y cantidades que no deben. Parece que es común a todos la codicia, pues soportan el descrédito por afán de ganancias, por pequeñas que sean. Pues a los que toman grandes riquezas de donde no deben, como los tiranos que saquean ciudades y despojan templos, no los llamamos avariciosos, sino más bien malvados, impíos e injustos. En cambio el jugador, el ladrón y el bandido están entre los avariciosos pues tienen un sórdido deseo de ganancias.  En efecto, unos y otros se dedican a esos menesteres por afán de lucro y por él soportan el descrédito, unos exponiéndose a los mayores peligros a causa del botín, y otros sacando ganancia de los amigos a quienes deberían dar. Ambos obtienen ganancias por medios viles. Al sacarlas de donde no deben, y todas estas adquisiciones son modos ávidos de adquirir”. Hemos visto, pues, que el sabio de la Academia equipara el negocio financiero o al menos sus abusos con la prostitución. La trata o explotación del dinero falsario, sucio, se ha convertido en un negocio no menos lucrativo e inmoral que la trata de blancas con sus secuelas de degradación y esclavitud. Sus “proxenetas” son lo más granado y encumbrado de nuestros próceres, de esa clase dirigente de la civilización occidental, hoy esclavizada con las nuevas cadenas de la deuda creciente e impagable.

Una civilización en almoneda. Y cuya principal tragedia es haber caído bajo las garras de los usureros, prestamistas de un dinero que es una especie de teofanía de dioses falsarios surgida de la nada mediante la ley del encaje o instrumentos financieros mohatreros. Pero, de acuerdo a la tipología aristotélica, ¿cuál sería el verdadero régimen político actual en Grecia y en el resto de Europa? Con la supremacía de lo que debería ser solo un medio de intercambio, la moneda, sobre las otras instituciones, economía real, sociedad, cultura, espiritualidad se está arbitrando un mundo subvertido de instituciones prostituidas.  Probablemente, estamos asistiendo al vaciado de las formas democráticas imperfectas de los sistemas constitucionales existentes por nuevos regímenes oligárquicos de carácter plutocrático, manejados desde las instituciones de una desvirtuada UE y dirigidos a su propio beneficio pero no al de la comunidad. En los casos más graves ni siquiera se respetan las formalidades democráticas y se eligen gobernantes procedentes de la gran Banca internacional más prostituida sin pasar siquiera por las urnas. La política en toda Europa se está vaciando de legitimidad democrática y de ejercicio. Se impone un pensamiento único para cohonestar una política falsaria que intenta ocultar con la complicidad de los media la verdadera naturaleza de los intereses que la mueven.

Hemos asistido a una renovada representación del teatro griego porque la realidad imita al arte. Cuando caen las máscaras que cubren los rostros de los actores comprobamos que Tsiapras dista mucho de ser Antígona. Su comportamiento a lo largo de estos nueve meses de embarazo con infeliz resultado de monstruoso aborto resulta muy extraño salvo que desde el principio fuese un agente oculto del enemigo y su actuación una mera farsa. O quizás su traición a lo prometido antes de las urnas fuese sobrevenida mediante chantaje o soborno y hubo que cambiar la representación sobre la marcha. Acaso tuvo miedo porque no cualquiera puede ser un héroe o heroína. O por la amenaza de un hipotético nuevo golpe de Estado o quizás de un magnicidio.

La evolución histórica del teatro griego hacía prevalecer al protagonismo del héroe frente al del coro. Sin embargo, durante la actual regresión ha fallado el héroe porque, al contrario, el pueblo griego ha intentado rebelarse contra un poder tan despótico que ni tan siquiera tiene cara visible. Un Coro que votó una formación política que había hecho bandera de la rebelión contra el tirano que imponía una deuda injusta. Un Coro que refrendó mediante referendo tal política de resistencia. Un Coro que, al cabo, ha sido traicionado, escarmentado, humillado, amenazado.

Ironía o sarcasmo, ¿Será llamado nuevamente a las urnas? ¿Para qué en estas circunstancias? Muchos siglos después con los actuales avances de la civilización occidental, tras la máscara, tras la regresión estética, solo una oligarquía financiera internacional de poder omnímodo es lo que parece quedar del sueño político de Aristóteles, de esa Politeía ideal o república dirigida al bien común, hoy arrumbada, ¿hasta cuándo?

 

 

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