Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Leyes de la Naturaleza según el Dr. Alfonso

El Doctor Eduardo Alfonso fue un gran médico naturista, miembro de varias instituciones metafísicas e iniciáticas de carácter internacional. Ya octogenario, tuve el honor de poderle saludar y charlar con él en su casa con motivo de una de sus últimas estancias en España y luego más tarde en el Ateneo madrileño donde ofreció a la nutrida audiencia que llenaba su salón de actos una interesantísima conferencia sobre el Egipto hermético.

El doctor Alfonso, médico personal de Roso de Luna, fue una brillante personalidad intelectual, que junto a otras figuras de su generación su aportación a la Ciencia y la Cultura españolas fue arrojada al ocaso como decía Maria Zambrano de su generación. Como homenaje a su memoria, hoy vamos a recordar su formulación de algunos Principios de la Naturaleza, tomada de la primera edición en Kier, al principio de los cuarenta, de uno de sus libros más famosos de Medicina natural, todo un clásico, quizás no tan bien conocido como merece entre los españoles más jóvenes. 

Probablemente, quiero creer que don Eduardo estaría de acuerdo conmigo en tal apreciación,  todo este sugestivo texto pueda considerarse como un desglose o explicación declarativa de un antiguo aforismo oriental: “TAT TVAM ASI”, que viene a significar, Tú eres Ello.

 

La norma del naturista debe ser cumplir la ley natural

Y para cumplirla es necesario conocerla. De aquí el interés extraordinario que

tiene el estudio y meditación de las leyes anteriormente citadas.

El naturista sabe que la máxima utilidad y rendimiento de su vida, le ha

de venir del exacto cumplimiento de la ley, y que ésta no se puede esquivar

más que en apariencia. El que cumple la ley, va en aras de ella, se

perfecciona y progresa. Este es el criterio naturista.

En contra de él está el criterio artificialista, que en realidad no es ningún

criterio, sino una cómoda postura mental de ignorancia y desidia. El

artificialismo pretende eludir la ley natural y satisfacer el deseo inmediato del

hombre aunque a la larga le perjudique. Es la ausencia de toda disciplina

biológica. Es una marcha, a contracorriente de la ley natural. Pueril resulta

querer marchar en contra de las poderosas leyes de la Naturaleza. A ésta se

la domina cumpliendo sus leyes, pero no desoyéndolas.

Base de la filosofía naturista

La filosofía, que etimológicamente es amor a la sabiduría, prácticamente es

inteligencia en acción y trascendentemente es un instrumento para educir las

potencias de nuestro espíritu, es indispensable para levantar el edificio de

toda ciencia.

La filosofía naturista lleva implícita una idea de evolución o progreso,

tanto en el orden físico como en el intelectual, como en el espiritual. Toda

idea o acto en sentido de retroceso no es naturista. El salvajismo, el

primitivismo, que indudablemente suponen ventajas de orden higiénico

natural, podrán ser naturalismo pero no naturismo.

El naturista reconoce que la primera de las leyes naturales es la de

evolución, por la que todo lo existente tiende a adquirir grados superiores de

perfección.

La Naturaleza está regida por leyes

El estudio de la Naturaleza nos demuestra que existe un orden natural regido

por leyes, que el hombre va descubriendo por el examen y comparación de

los hechos. Este orden natural se realiza por la armonía, que es la adecuada

relación entre las partes y el todo. Por esto a la Naturaleza en su conjunto se

la llama uni-verso, o sea la realización de lo uno en lo vario.

 

Echemos un vistazo sobre las Principales leyes de la Naturaleza:

Ley del Movimiento.

El movimiento es el modo de manifestación universal. La vida es movimiento, la inercia es muerte. Todo en último

término son vibraciones, porque este movimiento alterna con

momentos de reposo. El movimiento continuo no existe. Así el día y la

noche, el sueño y la vigilia, la vida y la muerte, la inspiración y la ex

piración, el sístole y el diástole, etc., son grandes vibraciones de la

Naturaleza, análogas en un todo a las del sonido, la luz, la electricidad, etc.,

en el mundo de lo pequeño.

Ley del Amor.

El Amor -que es atracción de dos o más seres para

unificarse- es la ley de armonía y por tanto de creación y conservación de la

Vida. El Amor, pues, supone la renuncia de sí mismo en bien de todo lo que

no es uno mismo, y para manifestarse requiere la conciencia de que todos los

seres son hermanos, como salidos del mismo Origen.

Amor es tanto como decir reconocimiento de la Unidad de todo. En los

astros se manifiesta en forma de fuerza centrípeta: Todos los planetas se

subordinan a la unidad de su sistema planetario. En los minerales y cuerpos

químicos se manifiesta como afinidad; en los animales como instintos,

atracción sexual; en el hombre como cariño, simpatía y en grados más

elevados como verdadero amor espiritual, ya en forma de idealismo o de

sacrificio.

La existencia de la repulsión, la destrucción y el odio, no implica la no

existencia del Amor, como veremos al hablar de la ley de los contrarios, sino

que la confirma y justifica. Téngase en cuenta que el Universo se manifiesta

por medio de fuerzas creadoras, conservadoras y destructoras, en lo que se

refiere al orden físico. El mismo sol que crea una planta, la conserva erguida

un tiempo sobre la tierra, y acaba por secarla con los propios rayos que la

dieron vida. Es decir, que estas tres categorías de fuerzas son una en

esencia.

Ley de Evolución.

Todo lo existente lleva inmanente la tendencia y

fuerza para convertirse en algo superior.

Filosóficamente, esta ley es una consecuencia de la ley del Amor que

atrae a todos los seres hacia la unidad de su Origen. La evolución emplea

como medio el mecanismo misterioso de la Vida y de la Muerte. La

inteligencia y la voluntad evolucionan en formas materiales (cuerpos), que

también evolucionan por su parte; mas cuando la forma ha dado su máximo

rendimiento en favor de la evolución espiritual, se destruye (muerte), pasando

el espíritu (que es mentalidad y finalidad), a formas de más elevada

categoría.

Ley de los Ciclos.

Todo lo existente evoluciona por ciclos.

Llamándose ciclo a una trayectoria (movimiento), en el tiempo y en el

espacio, al final de la cual, los seres, aunque en forma semejante a la del

comienzo, han avanzado un grado en su evolución.

Las enfermedades tienen su ciclo que termina en salud o muerte.

Las semillas germinan, nacen, dan una planta que a su vez da finalmente

semillas que contienen en potencia las nuevas experiencias vitales de la

planta; el día y la noche forman un ciclo terrestre que renace en otro día;

el año es otro ciclo que, comenzando en la primavera y tras las madureces

del verano, las tristezas del otoño y el sueño del invierno, renace en

una nueva primavera; el ciclo de la vida humana, comenzando en esa

dulce primavera de la niñez y siguiéndola el épico período de la madurez y

el lírico de la vejez, termina en la muerte (comienzo del ciclo puramente

espiritual), para cerrarse en nuevas manifestaciones.

Ley de Finalidad.

La evolución tiene un sentido finalista, es decir, la

consecución de un objetivo de índole trascendental y metafísica.

Efectivamente, la evolución tiende a conseguir estados de conciencia más

elevados, afinando y perfeccionando la materia y la inteligencia. La negación

de la finalidad en todo lo creado, equivale a tanto como afirmar que, en la

Naturaleza, con todos sus dolores y alegrías, todo se mueve, gira y vive por

capricho, y sin otro motivo que pasar el rato que a cada cual le toca en el

mundo. Afirmación ésta absurda hasta para el menos exigente filósofo.

Ley de Jerarquía.

Todo ser o cosa está subordinado a todo aquello

que es superior en grado evolutivo y tiene poder o mando sobre todo aquello

que le es inferior en la escala de la evolución.

En efecto, el espíritu rige a la materia, la inteligencia al cuerpo, el cerebro

a los miembros; los animales más inteligentes vencen a los menos inteligentes,

el hombre vence a todos los animales y se sobrepone a sus semejantes

menos dotados de facultades, etc. Existe pues una jerarquía evolutiva de

orden natural que garantiza el triunfo de lo mejor y más perfecto, y por tanto

del progreso biológico.

En el plano puramente humano de la biología social, se falta

frecuentemente a esta ley, dándose el caso de que en las sociedades

humanas, no rige el superior en la escala evolutiva (el más virtuoso, más sabio

y más sano), sino el que tiene más medios materiales, más astucia, más

influencia o más fuerza. Esto desarmoniza la colectividad y degrada a los

hombres verdaderamente dignos.

Los hombres son iguales en esencia, no tanto en potencia, y desiguales

en presencia.

Ley de Armonía.

La existencia de todos los seres, exige una

adecuada relación entre las partes y el todo, que se manifiesta por el

máximum de libertad y rendimiento en la función de cada parte, juntamente

con el máximum de ayuda mutua en favor del todo.

Vemos pues que nada ni nadie aislado tiene valor por sí mismo, sino por

sus relaciones con las demás partes. Todo, según esta ley, coopera ordenadamente

al plan natural, cumpliendo el papel correspondiente a su grado

evolutivo. El egoísmo desmedido, como el sacrificio extremado, no pueden

conducir a buenos resultados: el segundo porque destruye al individuo; el

primero porque destruye la colectividad.

Aplíquese esta ley al cuerpo humano, y se verá que el secreto de su

salud o armonía estriba en la justa cooperación de cada órgano en el conjunto

y en la justeza de su propia función. Aplíquese a la vida social, y se verá como

es imposible la vida normal y aun la existencia de una nación, cuando los

individuos laboran por el bien propio exclusivamente, y no por el del conjunto.

Las personas que sepan las leyes de armonía en música,

comprenderán fácilmente que no son otras sino las que rigen la

armonía universal. La armonía en una partitura estriba en el orden, propor-

ción, combinación y medida, según tiempo y ritmo de las partes (notas) en el

todo. Si una orquesta es capaz de efectuar un concierto, es por el orden,

proporción, combinación y medida, según la ley de tiempo y compás, de la

actuación de cada instrumento en el conjunto, rígidamente subordinados a la

batuta del director; y esta batuta directora, nos da el ejemplo de la necesidad

de un principio de orden superior que sea capaz de abarcar las leyes del

conjunto.

Ley de Adaptación.

Todos los seres adaptan su vida al medio que

los rodea para defenderse contra él y para aprovecharlo en su beneficio. El

sujeto desnudo al sol se pigmenta, no sólo para defenderse contra las

radiaciones luminosas, sino para aprovecharlas en beneficio de su salud y

vigor. Las plantas muy soleadas se ponen más verdes con el mismo objeto.

El hierro expuesto a la intemperie se cubre de una capa de óxido (orín) que le

protege más contra la acción de la atmósfera. El individuo que vive en

sociedad se adapta a los convenios colectivos para no ser eliminado y para

realizar sus fines particulares. El microbio dentro del organismo, cambia de

forma, se cubre de una cápsula, segrega antifermentos…, para defenderse de

la falta de sustancias nutricias y contra las defensas orgánicas del cuerpo que

le sustenta, etcétera.

La ley de adaptación es recíproca (subley de reciprocidad causal) por

cuanto el medio ambiente es modificado por los seres vivos, que es a

quienes corresponde la iniciativa del cambio. Es, pues, el ser, quien modifica

el medio en un principio, por su actividad voluntaria intrínseca, aunque sin

dejar de adaptarse al medio para no perecer. Concepto éste que no deben

dejar de meditar los perezosos y escépticos, que siempre están esperando

circunstancias propicias para actuar, sin pensar que las circunstancias deben

crearlas ellos mismos.

La ley de adaptación se halla condicionada por la de los contrarios y la

de los ciclos, porque todos los seres vivos evolucionan por la acción alterna

de agentes contrarios (trabajo-reposo, frío-calor, sueño-vigilia, vida-muerte…)

cíclicamente, como hemos visto.

Ley de Selección.

En la lucha que para adaptarse al medio

mantienen los seres, prevalecen los más sanos, más fuertes, más

inteligentes y más buenos, garantizando de este modo el progreso evolutivo

de la Naturaleza toda. Los estudios de Darwin y Lamarck son el mejor

testimonio de esta ley.

Las epidemias mismas, barriendo toda la escoria humana en

determinados momentos, y dejando persistir a los organismos más defendidos

y más puros, cumple -a veces tristemente- la ley de selección. Y

personas al parecer vigorosas, y positivamente cultas y virtuosas, son

arrastradas en aras de esta ley, porque a la Naturaleza no le importan las

ideas y los espíritus (que éstos no mueren), sino los cuerpos, pues en

cuerpos sanos y vigorosos siempre puede operarse la evolución y selección

de la mente y el espíritu, pero en cuerpos degenerados no pueden

encontrarse más que dificultades para la plena manifestación de elevados

estados de conciencia. La selección física es pues, a la postre, la garantía de

la selección ética e intelectual.

Esto no quiere decir que no pueda darse un alma grande en un cuerpo

miserable o degenerado, pues no hay que olvidar que en los designios de la

naturaleza entra el dolor como importante factor de sensibilización de espíritu

y de evolución de conciencia. Y a veces como revelador del genio. Mas,

estos recovecos por los que a veces actúa la selección, no quitan verdad a la

ley.

Ley de Herencia.

Todos los seres adquieren o heredan los

caracteres físicos y psíquicos de sus progenitores. Esta ley se cumple

mediante determinadas subleyes, las que referentes a los animales y plantas

fueron genialmente descubiertas por Juan Gregorio Mendel. (Véase “La

Herencia Mendeliana”, de J. F. Nonidez). Gracias a la ley de Herencia, lo

adquirido por ley de adaptación y depurado por la selección, se mantiene y

eleva a través de la vida.

Los caracteres psíquicos (pasiones, instintos, pensamientos,

capacidades emotivas) se heredan también según leyes concretas menos

conocidas. Todos tenemos el ejemplo de la continuación en nuestros hijos,

de ciertas tendencias psicológicas nuestras.

Lo bueno se hereda para el progreso de las especies, pero no menos

cierto es que también se hereda lo malo, conduciendo a la degeneración de

los seres. Piensen pues bien en esta ley los que han de dar descendencia al

mundo.

Ley de Analogía.

Lo que es en el mundo físico y tangible, es como lo

que existe en el mundo metafísico e invisible; y lo que se realiza en lo

grande, se realiza también en lo pequeño, para efectuarse el hecho de lo uno

en lo vario. Es decir, que en todos los aspectos de la vida, rigen las mismas

leyes naturales. Así, los sistemas planetarios son de análoga constitución a

los átomos químicos. La misma ley de ramificación rige el curso de los ríos en

la tierra, de la corriente sanguínea y nerviosa en el cuerpo, de las ramas de

los árboles, de los sistemas de numeración en matemáticas, etc.

Análogamente existen siete sonidos, siete colores… y todas las vibraciones

de las energías cósmicas, se resuelven en grupos septesimales, etcétera.

La trascendencia del estudio y aplicación de esta ley, es de un orden

muy elevado. Por ella descubrió la ciencia matemática de Adams y Leverrier

la existencia del planeta Neptuno, antes de haber sido visto por el telescopio.

Por ella ha descubierto la ciencia química multitud de alcoholes,

hidrocarburos y otros cuerpos orgánicos seriados, antes de haber parado

mientes en su existencia tangible. Por ella reveló Mendelejeff, con su famosa

tabla de las analogías químicas, fundamentales hechos de la evolución

material. Por ella también han sido solucionados muchos problemas

biológicos, a la vista de los procesos maravillosamente semejantes del

desarrollo embriogénico de los individuos (ontogenia) y de las especies

(filogenia), en la escala magna de la evolución.

Aun en las creaciones industriales del hombre, se ve la fatalidad

con que actúa esta ley. No tenemos más que pensar que, v. g., la

cámara fotográfica es una reproducción del ojo de los vertebrados; el

piano y el arpa son el fiel retrato del órgano de Corti en el oído interno;

cualquier máquina de vapor o gasolina, no puede por menos que responder al

mismo plan constructivo de los organismos naturales. Nada ha inventado el

hombre cuyo mecanismo no preexista en algún ser de la Naturaleza.

Ley de los Contrarios.

Para que todo ser o cosa sea perceptible se

necesita un contraste, una diferencia o una variación. Si no hubiese luz no

habría sombras, si no hubiese verdad no existiría la mentira, si no hubiese vicio

no existiría la virtud. La electricidad se nos manifiesta como positiva o como

negativa, dejando de existir actualizada cuando ambas se neutralizan, y

quedando entonces potencialmente. Toda vibración (y el movimiento vibratorio

ya hemos visto que es el único medio de manifestación) es fruto de las fuerzas

centrífuga y centrípeta. En cuanto una cesa el movimiento se anula. El trabajo y

el reposo, la noche y el día, el sueño y la vigilia, la vida y la muerte, son

factores contrarios que no pueden existir separados. Forman pares de

opuestos, como los sexos, que se neutralizan en el común origen de ambos. Y

así, por ejemplo, suprimamos hipotéticamente el sol del sistema planetario, y

habrá desaparecido la luz, pero con ella la sombra; y el día, pero con él la

noche; y la vida, pero con ella la muerte… Al desaparecer la vida, habrá

desaparecido la salud, pero también su contraria, la enfermedad. Al neutralizar

el sexo masculino con el femenino vuelven los dos a resolver sus energías en

la forma original de ambos: la niñez inocente y neutra del hijo.

Podrían ponerse infinitos ejemplos, pero concluyamos, que la percepción

de cualquier cosa exige la existencia de su contrario, que la complementa y

constituye con ella una unidad. Es la Ley de los Opuestos Complementarios,

que nos da el clarooscuro de la vida, digna de ser meditada por los que creen

que de la vida puede ser suprimido el mal sin que en el instante dejemos de

saber lo que es el bien.

Ley de Causa y Efecto.

Todo acto o fenómeno tiene una causa

productora, como a su vez produce también un efecto (el cual no es sino la

causa reproducida en otra forma). ¿Cómo podemos imaginarnos que algo

exista sin que haya una causa de su existencia? La enfermedad existe, porque

hay causas morbosas; los objetos artificiales porque hay causas constructoras;

el Universo, porque hay una Causa creadora… La casualidad no existe, ni el

destino ciego tampoco. Es la causalidad. En el determinismo que encierra esta

ley hallamos la base más firme de una fe razonada.

Esta ley es la misma de Acción y Reacción. Todo ser, al actuar

como agente causal produce una modificación en el medio universal que le

rodea, que es un efecto representado por una reacción del medio, proporcionada

y condicionada a la acción primitiva, y cuya finalidad es

restablecer el equilibrio o armonía, alterado por la acción. La física, en el

mundo de la mecánica, estudia esta ley en el llamado postulado de

Newton, que dice: la reacción es igual y contraria a la acción. Vemos

asimismo en biología que, v. g., la aplicación de agua fría en el

organismo produce una reacción contraria (de calor) destinada a restablecer

el equilibrio, que es siempre la finalidad de esta ley. La acción del sol

produce una reacción de sudor y pigmentación regulada por la ley de

adaptación.

En el plano intelectual y en el moral se cumple con la misma maravillosa

exactitud. Lo que se llama suerte o desgracia, no es más que la reacción del

mundo a la acción de uno según la ley (por lo que a nadie debemos culpar de

nuestras desdichas). Esta equitativa ley de Acción y Reacción o de Causa y

Efecto, es la justicia de la Naturaleza. Basta con que esta ley se cumpla con

el sabio automatismo con que se cumplen todas las leyes de la Naturaleza,

para que cada cual no reciba sino aquello que sus actos han provocado, en

proporción a su cantidad y adaptado a su calidad. El que mete la mano en

ácido sulfúrico se quema los tejidos orgánicos en proporción al tiempo que la

tenga dentro, y sufre un mal de una calidad que corresponde, ni más ni

menos, a su ignorancia. De este efecto no puede echar la culpa al ácido, sino

a sí mismo, y debe sacar una lección y una experiencia para el porvenir.

Todo esto en su diáfana simplicidad, es de una justeza admirable. El que

dobla violentamente una rama de un árbol, y por la reacción de ésta

(elasticidad) se rompe el brazo, no puede culpar al árbol de su desgracia,

puesto que él era libre de haber cometido o no el acto ocasional. Los objetos

de las acciones vuelven siempre sobre el sujeto que las realiza, como las

ondas provocadas en el estanque por la caída de un objeto, vuelven, al

chocar con las orillas, al centro de donde partieron, hasta restablecer el

equilibrio perturbado de las aguas.

Las causas originan efectos, y estos efectos son causa de otros,

forjándose así el hilo del Destino. La ley de Causa y Efecto es fatal,

matemática, pero no quita a los seres el libre albedrío, por cuanto queda

reservado a su voluntad el hacer o no hacer una cosa u otra. Lo que no se

puede esquivar es el efecto una vez cometido el acto.

Ley de Necesidad.

Todo ser o acto responde a una

necesidad o utilidad dentro del plan universal de la Evolución. La Naturaleza

no crea nada inútil. Es económica y justa en sus manifestaciones, aunque

pródiga en sus potencialidades, y hace desaparecer lo ya inservible o inútil.

Recuérdese el principio biológico de que “todo órgano que no funciona se

atrofia”. Vemos, en efecto, que todo aquello que ya para nada sirve, es

destruido e incorporado a la circulación de la materia elemental (los

cadáveres se descomponen, el cordón umbilical se atrofia, seca y cae una

vez cumplida su misión, etc.) y en cambio, vemos que la Naturaleza es

espléndida en grado sumo en todo aquello que suponga fuerzas en potencia

(como lo demuestra el número inmenso de semillas que da a cada planta, de

espermatozoides en cada gota de licor masculino, de óvulos en el ovario… la

mayoría de los cuales se pierden).

La Necesidad es el supremo estímulo de todo acto vital.

Ley de Desigualdad.

El movimiento tiene por único origen

una desigualdad (o excitación). La igualdad es estable. Si no hubiese

una desigualdad de tensión eléctrica entre dos fuentes unidas por un

conductor, no se establecería la corriente; si no hubiese una diferencia

química entre los alimentos y el cuerpo, no habría digestión, ni nutri-

ción, ni fenómenos derivados; es decir, no habría vida por no haber

excitación; si no hubiera diferencia de ideas, no habría movimiento intelectual

ni progreso, etc. Es pues la desigualdad el origen del movimiento y, por tanto,

de la vida. El movimiento tiende a anular la desigualdad, conduciendo al

sistema de que se trate al punto de reposo o momento estable, del cual saldrá

en cuanto una nueva variación lo solicite. Basta una variación de temperatura

en un lugar determinado, para que sea seguida de una variación de presión y

de corriente de aire. Es suficiente que varíe débilmente la concentración

salina del suero de la sangre, para que se establezcan corrientes acuosas

endosmóticas o exosmóticas -según la variación- a través de los vasos, para

restablecer el equilibrio químico de su disolución. Podrían multiplicarse los

ejemplos hasta el infinito.

Y como la desigualdad o excitación inicial, está en la actividad de los

seres animales y vegetales, y en los cambios químicos de los minerales,

como también en las combinaciones de fuerzas magnéticas y eléctricas,

vitales, radiantes… de unos y de otros, fácilmente se nos da a la razón, que,

cuanto mayor sea la iniciativa y voluntad original de cada ser, mas está en su

mano ser dueño y señor de los cambios que originan las desigualdades

excitatorias de la vida, y que, por consiguiente, como ya dijimos, el medio

ambiente será, en su mayor parte, el creado por la actividad de los seres de

más iniciativa y voluntad intrínseca.

 Fuente:

Doctor Eduardo Alfonso, Cuarenta lecciones de Medicina natural

 

 

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