Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

El pabellón mágico. Cela, Mann, la enfermedad como sufrimiento y revelación

                   

                          El sufrimiento es el buen Dios sostenía cierto personaje de Bernanos

 

Una de las obras menos visitadas de don Camilo, el del Premio, tiene cierto carácter autobiográfico y supone una faceta muy diferente de la descarada, socarrona, mordaz, sarcástica, acaso un tanto frívola en ocasiones, del autor gallego. Me refiero a la terrible pero lúcida y conmovedora Pabellón de reposo, inicialmente publicada por entregas en el semanario El Español, homónimo del digital, no hay casualidades, que ahora quiere resucitar Pedro J para demostrarnos a todos que nunca se rinde ni hay despotismo capaz de tumbarlo sin remedio.

pabellon celaPabellón de reposo trascurre sin acción exterior apenas pero en el interior de la conciencia de los diferentes personajes se vive un drama de sufrimiento, dolor o angustia. Muestra la creciente desolación del enfermo que siente como su mal empeora hasta que la enfermedad rompe sus últimas esperanzas de evitar la condena fatal.

En vez de la barca de Caronte, aquí se trata de la más prosaica pero no menos terrible carretilla del jardinero del sanatorio donde eran transportados, como viejo tronco de encina derribado por el rayo, los ataúdes de los enfermos fallecidos.

Tampoco faltan breves pero ilustrativos momentos en los que se muestra la oculta realidad de intereses económicos que subyacen en la actividad sanitaria entendida como negocio empresarial.

Pero la enfermedad nos recuerda el milagro paradójicamente permanente y pasajero de la Vida. Para el enfermo existen sentimientos, verdades, revelaciones estéticas, que no se aprecian por el hombre sano.  Las preocupaciones y prioridades sobre lo de verdad importante cambian.

 ¿Qué es un Banco que se hunde, amigo mío, comparado con al espectáculo insólito de tantos miles y miles de cuerpos que a diario humillan la cabeza para no levantarla jamás?

No. No está usted en lo cierto. Toda esa dicha ficticia que usted se ha creado para vivir y en la que yo, para mi desgracia, he creído antes de la transmisión de poderes, cuando era, como usted ahora, gerente de …, nada importa, hágame caso, para conseguir o perder ese don inaprehensible que se llama salud.

Usted la tiene, que Dios se la conserve, y por eso habla inconscientemente de esas livianas preocupaciones, que ni lo son siquiera. Yo que la he perdido…

Mi salud marcha mal, amigo mío, muy mal: pero soy tan feliz…

cela 1El alma, como en barbecho en espera de la lluvia, se abre a la comprensión estética.

 He descubierto en un bello libro que me dejó un compañero de Sanatorio, un mundo ilimitado de poesía que desconocía. Me he estremecido al leer los versos de algún poeta, y he pensado que quizá la salud no sea tan importante como creemos, cuando fuera de ella pueden encontrarse insospechadas sensaciones, veladas para la mayor parte de los sanos.

No le deseo verse en mi trance; pero de otra parte, ¡se me antoja usted tan desdichado, sin un solo minuto al día para dejar de preocuparse por la marcha de las cotizaciones! 

En la antigua tradición rosacruz, el alma, simbolizada en la rosa, se abre esperanzada, buscando la luz de la conciencia, desde las vicisitudes y sufrimientos debidos a estar presa en la cruz de la Materia y sus contingencias.

 La muerte llama, uno a uno, a todos los hombres y a las mujeres todas, sin olvidarse de uno solo. ¡Dios, qué fatal memoria!…es doloroso tener que ahogar este cariño inmenso hacia las cosas y hacia los tiernos hombres que han echado raíces en mi corazón. … para lo que está vivo no existe lo que se muere, lo que se pierde implacablemente para la vida, lo que huye del cotidiano dolor de mantenerse, instante a instante, en una ininterumpida continuación de actitudes. Y para lo que se muere, lo que vive y perdura, es una dolorosa presencia que no se aguanta. ¡Dios mío, cómo siento en mis carnes, que pronto os regalarán su dolor y su temperatura el desgarrado dolor de la verdad de lo que os digo!  

 m mont chaise longueApenas veinte años antes que Cela, otro Premio Nobel, Thomas Mann, había tratado ya estas mismas cuestiones en su memorable obra La Montaña mágica.  El tema y los escenarios vienen a ser los mismos, el sentido de la vida, el amor, la esperanza, el sufrimiento y la muerte, en un tiempo singular y en escenario de sanatorios de cumbres nevadas, en una suerte de nueva acrópolis del espíritu, medio cubierta por un sudario húmedo y blanco. Fatal aunque de formas exteriores cambiantes. Sean Davos en Suiza o la Sierra de Guadarrama en Castilla. Si el paso del tiempo azoriniano se asociaba al paso periódico de Una Lucecita roja, aquí se hace al chirriante de la siniestra carretilla citada.

Un espacio y un tiempo diferentes de los profanos, al contacto con lo numinoso y lo sagrado. Con el sufrimiento y la introspección psicológica que causa.

Sin embargo, el desarrollo estético y, al cabo, la actitud para enfrentar las cosas y la aptitud para entenderlas, me parecen diferentes. Además del propio genio e inspiración personal de ambos autores, creo que cabe entenderlas en relación con las dos diferentes culturas o marcos intelectuales en las que han nacido y crecido.

En Pabellón de reposo no existe la sólida arquitectura narrativa de la novela de Mann. Es una novela más coral o comunitaria, en la que las desdichas, relaciones y amoríos frustrados de los enfermos no distinguen una clara pareja protagonista ni desarrollan, como en el caso de Hans Castorp y Clawdia Chauchat un conflicto amoroso o incluso una cierta iniciación al mundo de la madurez. En la obra de Cela los pacientes son números, los de sus habitaciones y sus relaciones aparecen más bien esbozadas.

Thomas-MannMann nos da nombres y apellidos de los que viven, se preguntan o sufren. Para algunos críticos el autor alemán abusa de adornos o se equivoca desde el punto de vista estético al introducir disquisiciones políticas o ideológicas lo que distrae al lector de la cuestión principal o alarga demasiado la narración. Una forma de escribir propia de Mann con sucesivas ramificaciones y frondosidades desde el tronco principal. Quizás porque él mismo se califica de esteta atraído por el abismo y en tales frondosidades capaces de permitir posar pájaros estéticos pueda también encontrar algo en lo que asirse. En cambio, lo de Cela acaso posee mayor tensión dramática en su brevedad y desnudez formal.

También lo son las diferentes formas de enfrentar el problema de lo numinoso.  En los desolados personajes del Pabellón se manifiesta una religiosidad ortodoxa, convencional dentro del Catolicismo, lo que no estorba sino que agranda las profundas y dolorosas dudas existenciales de los personajes, ni su alternancia entre rebelión y resignación ante el silencio de Dios. La carretilla de transporte de ataúdes es símbolo de esa materialidad descarnada contrapunto de una religiosidad amanerada.

Pero, en cambio, a Hans Castorp el principal protagonista de La Montaña mágica no le basta el dogma establecido y vence su inicial repugnancia a emplear recursos metapsíquicos, incluso espiritistas, para indagar acerca de la suerte de ultratumba de su primo Joachim. Durante su estancia en Davos es solicitado por diferentes fuerzas más o menos profundas o encontradas. De tal perplejidad le saca un hecho aparentemente fortuito. Con ocasión de una arriesgada excursión donde se extravía entre la nieve y la niebla durante la que está a punto de perecer sino extrema su lucha, tiene Davos-2un extraño sueño que le hace comprender que el hombre no debe permitir que la muerte se enseñoree de su pensamiento porque tal es el mandato de la bondad y del amor. Y, en consecuencia, debe aplicar su voluntad a tal fin. El episodio pudiera tener que ver con misma biografía de Mann. Tanto él como Goethe habían experimentado una especie de azul iniciación mediterránea tras su visita a Italia.

Cela no muestra revelaciones parecidas en sus personajes, en los que el sufrimiento no acaba de ilustrar una comprensión metafísica.

No obstante, existen importantes relaciones históricas de fondo entre las culturas española y alemana. Kant nos hace comprender la imposibilidad del conocimiento del noúmeno o Causa en Sí para la criatura atrapada en el fenómeno. En el fondo nada nuevo en la Cultura occidental. Había reelaborado con su propio lenguaje el sentido epistemológico y filosófico de algunas de narraciones simbólicas tradicionales como el clásico Mito de Psiquis o nuestras leyendas Flor de Amores, el Conde de Partinuplés o el Caballero del Cisne y su comprensión del problema de las limitaciones del conocimiento. Jung ya explicaba que una de las formas de expresión de los arquetipos de inconsciente colectivo es el mito y la leyenda. El hispanista Schopenhauer, traductor de Gracián y filósofo en la vieja tradición española de la Voluntad asociada a la cábala sefardita, al que Mann dedicaría un estudio posterior, tendría una importante influencia en las ideas y realizaciones estéticas de Wagner. Lohengrín es una ópera inspirada en el citado mito de Psiquis. El Parsifal y el Tristán en el problema del ejercicio o el desfallecimiento de la Voluntad.  Al cabo, el mundo del Gríal más que conservado en las bellas anfractuosidades de San Juan de la Peña es el de la cosa en sí, donde Tiempo y Espacio se confunden.

praha_puente_de_carlos_v_jpgY desde luego otras influencias más inmediatas o contemporáneas dentro de la Cultura alemana: La toma de consciencia del lenguaje dentro del neokantismo como forma a priori de la mente, como aduce Cassier cuando Mann publica su novela.  O la referencia al espíritu, según el famoso Tractatus de Wittgenstein: “7. De lo que no se puede hablar mejor es callar”.  O del poeta Rainer María Rilke que una década antes había cambiado el fluir del Moldava bajo el puente de Carlos de su Praga natal por el del Tajo desde el de Alcántara.

 

Pabellón de reposo es un libro desolador, La Montaña mágica mantiene un cierto tono optimista pese a las diferentes vicisitudes a las que no son ajenas la muerte. Una está escrita en el ambiente sombrío y reaccionario de la cruel posguerra española. La otra durante los felices años veinte, aunque no tan felices, por cierto, para la Alemania de entre guerras, con sus promesas más o menos arrumbadas de cambios sociales, estéticos e institucionales. Ambas son obras maestras de sendos Premios Nobel.

Puede que todo se deba a diferencias de genio o talento personal de ambos artistas. Pero, ya digo, también el marco intelectual de una y otra creación es diferente. La brillante antigua filosofía medieval española cegó sus fuentes tras la prepotencia escolástica y el monopolio eclesiástico sobre las conciencias. La autoridad versus la propia investigación de la experiencia. Comunidad versus individuo. El jesuita y teocrático Naphta frente al humanista liberal Settembrini.

¿Quién determinaba el verdadero estado y la verdadera posición del hombre? ¿Era el aniquilamiento dentro de la comunidad que lo nivelaba todo, o bien el individuo crítico?

cementerio-guerraSi Cela parece condenar de modo fatal a sus personajes, él mismo acaso también lo es por cierto carácter autobiográfico del texto; Mann piensa que no todo está perdido y deja la suerte del protagonista en la incertidumbre:

¡Vas a vivir ahora a caer! Tienes pocas posibilidades; esa danza terrible a la que te has visto arrastrado durará todavía algunos cortos años criminales, y no queremos apostar muy alto que puedas escaparte. Si hemos de ser francos, nos tiene sin cuidado dejar esta cuestión sin contestar. Las aventuras de la carne y del espíritu, que han elevado tu simplicidad, te han permitido vencer con el espíritu lo que no podrás sobrevivir con la carne. Hubo instantes en los que surgió en ti un sueño de amor, lleno de presentimientos – sueño que “gobernabas” -, fruto de la muerte y de la lujuria del cuerpo. De esta fiesta mundial de la muerte, de esta mala fiebre que incendia en torno tuyo el cielo de esta noche lluviosa, ¿se elevará el amor algún día?

 

 

 

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