Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

El Greco de Toledo. Una exposición memorable.

Mientras esperaba en la nutrida cola para entrar en el precioso Palacio de Santa Cruz y admirar la Exposición de el Greco reunida con ocasión del centenario no podía por menos de maravillarme por las paradojas de la vida ¡Cómo cambian las cosas y los tiempos! Hoy, cuatro siglos después de la desaparición física del gran artista, gran número de personas aguradaban bajo el inmisericorde sol toledano inasequibles al desaliento o las incomodidades de la larga espera para visitar la obra de un pintor que durante mucho tiempo fue tenido por extravagante o medio loco. O loco del todo.

Ya uno de nuestros ilustrados del 98, el pequeño filósofo de Monóvar, tuvo que salir en defensa de Dominico con ocasión de su anterior centenario. Azorín se asombraba que gentes como Jovellanos valorarán a pintores amanerados como Mengs como la máxima representación de la Pintura, y eso ya en tiempos de Goya, y olvidaran a genios como El Greco.

Y hacia esa misma época en que Azorín intentaba rescatar a El Greco de las infundadas acusaciones sobre su locura o extravagancia, Kandisky consideraba que era el momento de renovar la sociedad europea comenzando una nueva época espiritual cuya fuerza motriz fuese el arte, la antigua idea que en su propio tiempo, expresó El Greco tratando de reconstruir la mística interior como tarea de su generación y como servicio a la Humanidad. La Estética como una vía hacia el conocimiento del Alma a través de la Belleza.

Pero en descargo de Jovellanos, el gran reformista de la Ilustración, cabe aducir que no era el único. El suegro de Velázquez visitó al pintor en Toledo tres años antes de su muerte. Pacheco se admiraba de sus trabajos y procedimientos artísticos. Y de los, a su juicio, escasos resultados logrados. “A esto llamo yo trabajar para ser pobre”, pontificaba entonces el famoso tratadista y familiar de la Inquisición sevillana. Otro contemporáneo, Jusepe Martínez le califica de “extravagante”. Y el Padre Sigüenza explicaba, no sin cierta conmiseración, que “Contenta a pocos”.

Los cuadros de El Greco duermen durante siglos en el olvido de desvanes o se llenan de polvo en retablos perdidos. Pero como casi siempre pasa aquí en el desbaratado Reino de España, que tan mal trata a sus mejores hijos, la apreciación del valor artístico de El Greco empieza a cambiar gracias a los extranjeros, en especial los viajeros franceses. Inspiración de los grandes impresionistas, admiración de los mejores críticos: “Página divina” calificaba la gran Pardo Bazán al famoso Entierro del Señor de Orgaz. Martín Rico le calificaba de “hombre misterioso, filósofo y gran artista”. Y así ya no es extraño que Ángel Guerra, el memorable personaje galdosiano, se entretuviese descubriendo Grecos por las iglesias toledanas. Los Baroja se convierten también en grandes admiradores y publicistas de su obra.

Pero la espera es larga y la cola apenas se mueve. Casi tres horas para poder entrar. Menos mal que tengo la suerte de disfrutar de la compañía del acaso máximo experto actual en Toledo, Alejandro Vega, así como de un amigo suyo estudioso cabalista con su esposa. Y aprovechamos bien el tiempo.

Repasamos los cripto-lenguajes que tan importantes fueron en nuestro Siglo de Oro.  Cervantes, Arias Montano o El Greco son ilustres ejemplos de autores capaces de disimular sus verdaderas intenciones bajo un aparente manto de ortodoxia contra-reformista.  Un sentido literal o aparente opuesto al verdadero significado de sus creaciones.  Como hemos recordado, no todos han sido capaces de descodificar la creación de El Greco.  Esa misteriosa extravagancia es una especie de hierofanía, de manifestación del mundo espiritual.  También una especie de test sobre nuestro grado de comprensión de dicho mundo espiritual.  La Cultura española está atrapada hoy entre dos disuasorias incomprensiones del Espíritu. La derivada de la filosofía materialista de una parte y de la rígida cerrazón oscurantista de la religión aquí dominante, de otra.

Porque para apreciar en todo su valor la obra del pintor cretense es preciso conocer ciertas tradiciones esotéricas e iniciáticas e intentar comprender sus códigos ocultos.  Una de esas tradiciones es la cábala sefardita, prodigioso método de descodificación del Espíritu.  Las posiciones de las manos y de los dedos no son casuales sino que reflejan esos misteriosos conocimientos a los que aludía Martín Rico.

Por su origen y peripecia vital El Greco tuvo ocasión de conocer diversas tradiciones espirituales y estéticas que plasma en su gran obra.  Desde la preciosa pintura retratista del Fayum en Egipto, hasta la tradición de iconos bizantina.  El color de la Escuela veneciana y de su maestro Tiziano o la maestría de Miguel Ángel.  Y la cábala. O el neoplatonismo, sin olvidar símbolos tradicionales rosacrucianos y masónicos presentes en algunas de sus obras como El Entierro.

Un reencuentro con el mundo de los caballeros y su lenguaje.

Pero, pese a la larga espera, la exposición merece la pena aunque conviene tomar precauciones para asegurarse la entrada.  Y si se tiene la suerte, como en mi caso, de poder disfrutar de la compañía de expertos y sabios que explican detalles reveladores para la comprensión de las pinturas, resulta una preciosa experiencia espiritual que ha de permanecer en nuestra conciencia.

Rara vez la conjunción asombrosa de continente, una de las joyas de la arquitectura española, y contenido, una obra dispersa en todo el mundo ahora reunida temporalmente para la exposición, nos permiten alcanzar tales cotas de plenitud estética y espiritual.

El Greco de Toledo, pintor de lo visible y lo invisible.

Museo de Santa Cruz

Toledo

Del 14 de marzo al 14 de junio.

Horario: de 10 a 20 horas.

Entrada: 10 euros  

Entradas feeds. XHTML y CSS válidos. Tema WordPress basado en GimpStyle diseñado por estudiocaravana.