Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Desmesuras

Sin duda el deporte tiene importantes valores. Ahí está el ejemplo de gentes como Rafael Nadal que son un ejemplo de superación, tesón, voluntad puesta al servicio de ser mejores en su actividad, lograr nuevos retos, y todo ello sin perder el sentido de la dignidad ni de la medida. Con cortesía, bonhomía, modestia o la sencillez y naturalidad de los verdaderamente grandes.  Apolo gobernando a Dionisos.

Espero no resultar yo también desmesurado si digo que esto del tinglado montado con pretexto del mundial de fútbol es desmesurado, desorbitado, patológico, anormal. E incomprensible.

El descomunal jaleado de la gente, del supuesto pueblo español libre y soberano, desde gobierno y medios de comunicación ha resultado sospechoso desde el principio, pero el espectáculo del sábado por la tarde noche junto al Bernabéu con calles cortadas, miles de personas pintarrajeadas, agitando banderas, acarreando bolsones con bebidas, vociferando y dando saltos puede que sea una estrategia del poder para controlar al rebaño en el aprisco pero no parece propio de una civilización con varios miles de años de historia, sino acaso de una tribu.  Instintos desbocados sin mesura, civilización ni historia. Dionisos sin huella alguna de Apolo.

Es bien sabido que los políticos del invicto caudillo solía presentar varios programas dobles de fútbol y toros las vísperas del Uno de mayo. Y generalmente la heroica clase obrera filocomunista se quedaba mayoritariamente en casa viendo la TV y dejando la huelga revolucionaria proclamada por Carrillo desde el cómodo burladero de Paris para otra ocasión.

Hoy, los hijos y sobrinos de los políticos del invicto caudillo, ahora feliz y lucrativamente recauchutados en socialista o nacionalsocialista como los José Luis, Manolo, Mari Tere, Alfredo, mantienen las mismas mañas, pero eso sí, para que luego no se diga que el régimen no progresa, con nuevas tecnologías. Retransmisiones vía satélite en color y moviola, tertulias, sesudos y minuciosos análisis, grandes investigaciones de I+D +I futbolero, pantallas gigantes…

Y las viejas banderas de la marina de guerra de Carlos III luego adoptadas como nacionales son toleradas durante unos días sin que sus dueños o usuarios resulten abucheados, insultados o vejados en los paraísos nacionalistas periféricos del Reino.

Pero hay algo que al observador se le escapa.

En verdad, ¿estamos tan desarbolados, tan desnortados como parece? ¿Cómo es posible que el fraccionamiento de la nación española, el despojo sistemático del ciudadano, la eventual quiebra económica, la desestabilización de la convivencia, la traición y felonía de los dirigentes de la Monarquía, el desmantelamiento de las instituciones… no merezca ninguna respuesta de la gente, al cabo, sus verdaderas víctimas pero, en cambio, se haga cosa de honor nacional, de una nación discutida y amenazada por sus dirigentes, que una bolita entre o no entre en una portería?

Pues no se sabe del todo. Es obvio el manejo de la propaganda por parte de una clase dirigente acostumbrada a ordeñar y esquilmar el rebaño con cualquier pretexto y sin ningún tipo de cortapisas. Cabe especular con la verdadera realidad de nuestra civilización. Si aún sigue existiendo como tal, o abandonados ya los principios y virtudes metafísicas en las que se ha asentado históricamente es ahora un mero espejismo. Un decorado, una apariencia virtual, tramoya engañosa e inestable.

Hubo una época en que los intelectuales querían combatir los excesos del fanatismo religioso y político con humanismo. Con cultura. Con cierto desapego. Con el embridamiento de las pasiones por parte de la mente y puesta al servicio del desenvolvimiento del Espíritu.  El cultivo de la vida interior. Del conocimiento, de la cultura como despertar de las potencialidades dormidas para tratar de ser mejores, de superarse en la vida. Los viejos ideales de un Sócrates o de un Epícteto.

Pero si hemos de hacer caso a lo que vemos parece que sólo queda ya una realidad semi tribal enmascarada, en que el abandonado ideal humanista de perfeccionamiento propio se muda en identificación con un tótem, con un fetiche. Una cosificación, una regresión de la condición de hombre y de ciudadano que quizás se mostrará en toda su crudeza si al fin se termina produciendo el temido cataclismo económico o político que haga caer las actuales redes institucionales y económicas que permiten mantener la sociedad occidental avanzada.

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