Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Proust y la Metafísica perdida

Se ha cumplido ahora el centenario de la publicación de la primera entrega de lo que se ha venido en llamar En busca del tiempo perdido.

Como es sabido, fue una publicación algo accidentada. Proust había pretendido que la primera parte de lo que luego fuera la famosa saga fuera publicada por Gallimard, la prestigiosa editorial vinculada a André Gide y la Nueva Revista Francesa. Gide rechazó el original enviado por el escritor, cosa de la que más tarde se arrepentiría hasta la rectificación. Tras otros intentos fallidos por fin Grasset acepta publicar Por el Camino de Swann pero por cuenta del propio Proust. Estamos en el otoño de 1913, justo nueve años antes de su muerte.

Viene después la terrible Gran Guerra y al finalizar, Gallimard publica A la sombra de las muchachas en flor.

En su época a Proust se le negó la Academia como también el Nobel. Ahora, cuando improvisamos esta glosa un poco en la estela proustiana, es decir como un devenir sin argumento de la conciencia, la verdad es que no sabemos si nos separa de Proust y su mundo solo un siglo o mucho más.

La obra viene a ser como una reelaboración estética de experiencias vitales. El misterio del devenir del tiempo es que no existe sino como disolución de ellas mismas.

Pero también porque la comprensión última de la intención del autor se nos escapa.

En uno de sus ensayos Proust especulaba con la muerte de las catedrales derivada del paso del tiempo y la supuesta extinción del Catolicismo. Excepto para algunos pocos sabios investigadores de rituales, liturgias y significados, las catedrales serían para la sociedad de tal época monumentos ininteligibles. No lejos de la pequeña villa de Illiers abandonada por motivos de salud, tan ligada a sus recuerdos de infancia y adolescencia luego reconvertida en la mítica Combrey, se encuentra Chartres con su famosa catedral gótica.

Un testimonio de un arte sagrado, es decir con un espacio y un tiempo diferente de los profanos, cada vez más incomprensible. Como también lo es el Partenón para nosotros, donde ya no mora Atenea la bella diosa de ojos glaucos, del olivo y la lechuza, símbolos de la sabiduría, la armonía y el arte.

Proust tiene profundas raíces en la cultura occidental. En los planteamientos sobre el Conocimiento es fácil reconocer la influencia platónica. El conocimiento es el recuerdo donde estaría la mejor percepción de las cosas, escondidas en su percepción sensible inmediata. Y no solo por los esclavos encadenados del mito de la Caverna, sino también porque, como decía Heráclito, nunca nos bañamos en el mismo río.

Proust también participa de planteamientos estéticos de otros grandes autores contemporáneos. Como Joyce, al que conoció poco antes de morir, observa la realidad del lenguaje como algo con vida propia y forma casi autónoma del hablante. Las cosas discurren ante el artista y observador sin apenas guión o plan preestablecido como sucedía en las grandes novelas del siglo XIX. La propia personalidad al igual que la luz blanca puede descomponerse en diferentes colores o formas de vida e interpretación. Esta es la visión del Pessoa desenvuelto en multitud de heterónimos. Pero también existe un Pessoa ortónimo, una última unidad de conciencia que agruparía las diferentes concepciones, los diferentes seres. Cuando Saramago desarrolla la biografía del heterónimo Ricardo Reis tras la muerte del poeta portugués juega con una paradoja del tiempo. Y es que como nos muestra Proust existe una realidad metafísica integradora. Algo más que lo actual. Incluso, aún sería más: lo Real es lo que no es Actual lo que permanece después del hecho, de la propia noticia.

Pero para el hombre actual también Atenea y su significado simbólico y metafísico queda ya muy lejos en  el Tiempo. Entre la Acrópolis medio decrépita y nosotros hay muchos siglos y muchas ideas. La ciudadela sagrada del alto de la colina ateniense desconcierta como desconcertó a Renan porque fue una idea, un ideal, que no habría dejado suficiente honda huella. Acaso porque la Idea, la Abstracción, la Armonía, la Razón universal, habrían sido separados de la emoción y más tarde de-construidos con los experimentos de las viejas vanguardias y nunca habrían podido ser recuperados luego tras una especie de histéresis estética.

Algo parecido acaso ocurre con las civilizaciones y las ideas. Y con su plasmación en las Artes. El nacimiento de Atenea  parece enseñarnos que la sabiduría no procede de los hombres sino del cielo, de la cabeza mente de Zeus, su padre. Tiene que ver con la Revelación mística (o Apocalipsis en griego) y con la Intuición.  La verdad es metafísica.

Nos explicaba Proust que “caravanas de snobs van a la ciudad santa y una vez al año sienten la emoción que antaño iban a buscar a Bayreuth y a Orange; gustar la obra de arte en el marco mismo que fue construido para ella.  Desgraciadamente no pueden ser más que unos curiosos, unos diletantes; hagan lo que hagan ya no habita en ellos el alma de antaño”.

Tampoco Azorín, nuestro pequeño filósofo del tiempo, el mismo que se preguntaba a dónde había ido la vieja espiritualidad ibérica del templo de Elo, está muy presente en nuestras inquietudes estéticas actuales.

En cierto modo algo cada vez más parecido a la advertencia proustiana nos sucede en una civilización deshabitada de actores conscientes y protagonistas. Y con su creciente conversión una especie de parque temático para lectores apresurados, consumidores atolondrados y guiris de todas procedencias. Apenas incapaces de comprender nada. Ni menos el tiempo que ni siquiera saben que han perdido ni por eso son capaces de buscar.

Estamos instalados  en la revolución de los ciento cuarenta caracteres como forma de expresión y de discurso elaborado, de la comida rápida, del aturdimiento apresurado, sin apenas serenidad, sosiego ni reflexión. De la democracia degradada a solo meter un papelito con nombres desconocidos y equiparables en una urna. De la pérdida del sentido de la metafísica.

Un lugar inhabitable donde Proust apenas podría sobrevivir porque ya no habita en él el alma de antaño y parece haber huido de nosotros el Espacio y el Tiempo sagrados.

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