Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Florilegio de bandoleros célebres: El caso del obispo Robuster

Vida y milagros del obispo Francesc de Robuster.

El bandolerismo en España es un fenómeno muy nuestro que bien merece que se le dedique una serie específica.

Vamos a iniciar esta serie patriótica con un homenaje al bandolerismo catalán. Y no como hecho diferencial catalán, también por cierto en esto tan español como el que más, aunque con el matiz clerical y de complicidad social e institucional, al menos desde el siglo XVI. El bandolerismo es consustancial a Cataluña, un fenómeno de gran y dilatado aliento, una de sus últimas señas vocacionales, que si bien varía en caras, pretextos, disfraces y mañas delictivas. Hoy se ha cambiado el típico trabuco por el dominio del boletín autonómico respectivo y sus sobres, pilla pillas, fundaciones “me lo llevo”, preferentes y subordinadas, o cuentas clandestinas asociadas sin olvidar la parte alícuota del rescate bancario o del llamado banco malo.

En un anterior texto reciente que ha dado lugar a cierto debate por los descontentadizos de siempre ya me hacía eco del bandolerismo catalán glosado por Cervantes en la segunda parte de El Quijote, Roque Guinart no es sólo un personaje nacido de la minerva cervantina sino también trasunto de un bandolero célebre don Perot Rocaguinarda, que veló sus primeras armas entre la cuadrilla de los canónigos de la catedral de Vich, enemiga de la del muy piadoso obispo Robuster.

Hay que reconocer y admirar en lo que vale que Cataluña ha sido y aún es, lo que contribuye a explicar su pertinaz querencia nacionalista y antiliberal, territorio de caza clerical que también solía educar a su clase dirigente, de ahí también quizás lo extendido de su fanatismo, doble moral,  intolerancia y amor por la rapiña. Y donde se han distinguido una gran panoplia de curas trabucaires miembros de partidas de bandoleros o individualistas de explotar el negocí por libre, especialmente durante su brillante periodo barroco. Sin olvidar a fieros y sanguinarios carlistas, no hay más que recordar el emblemático caso del conde de España, que provocaban el terror sobre todo en las zonas rurales durante el agitado XIX. Pero si curas bandoleros o trabucaires hay tantos que sería trabajo de Hércules siquiera citarlos, vamos a rendir aquí sentido homenaje no ya a un cura sino a todo un obispo. Su Ilustrísima don Francesc de Robuster i Sala, obispo de Vich.

Este pío pastor de la Iglesia había nacido en la vecina población barcelonesa de Igualada y desde su incorporación a la cátedra de Vich se había enfrentado a sus propios canónigos, quienes temiendo por su vida puesta en riesgo por los mercenarios de Su Ilustrísima incluso retrasaban la hora de los maitines para evitar las peligrosas salidas nocturnas.

El obispo Robuster capitaneaba una bizarra tropa de doscientos bandoleros divididos en sendas escuadras mandadas por los hermanos Coxart, dos señeros artistas del bandolerismo barroco catalán. Para reforzar su influencia el pío obispo se afilió a la banda de Cadell enfrentada a muerte a la rival conocida como la de los nyerros, a la que pertenecían la mayoría de sus canónigos e incluso el ya citado Rocaguinarda. No obstante un cierto grado de manierismo, sus grandes méritos provocaron que sus secuaces fueran conocidos como los “robusters” en reconocimiento de su alto mérito y jerarquía en el escalafón. La piadosa vida del santo obispo bandolero se veía sin embargo oscurecida por sus desatadas aficiones eróticas de modo que incluso llamaban la atención entre sus colegas y subordinados de no menos inapropiadas costumbres y ante la magnitud de sus escándalos eróticos tuvo que intervenir Roma siempre tan preocupada por la moral y las buenas costumbres sexuales de los pastores y ovejas de su rebaño.

A principios del XVII, siglo de gloria del bandolerismo barroco catalán, el bizarro Rocaguinarda se atrevió a tomar el fortificado palacio episcopal que luego fue recuperado por la banda del obispo y el valeroso bandolero rival huyó a las montañas. Esta acción bélica contra el odiado y odioso obispo le dio singular reconocimiento entre muchos nobles, clérigos y próceres varios de Cataluña quienes se honraban con su amistad y le protegían, escondiéndole en sus residencias si acaso era perseguido por los corchetes del virrey.

La situación de complicidad de la sociedad catalana con el bandolerismo era tal que poco después el propio virrey, don Francisco Hurtado de Mendoza, marqués de Almazán, se vería obligado a confesar al Rey nuestro señor, Su Católica Majestad don Felipe III, que “en Cataluña la tierra producía bandoleros como hongos” “Que gozaban de la protección de los naturales del país y de las autoridades francesas cuando se refugiaban al otro lado de la frontera”.

Así, los próceres regionales catalanes pidieron al Rey más autonomía como remedio para combatir el bandolerismo que ellos mismos promovían o amparaban, pero a cambio don Felipe III les mandó a un nuevo virrey, el bizarro duque de Alburquerque, quien tuvo que recurrir a tropas leales no catalanas para poner un poco de orden. Sin embargo, su mayor éxito estratégico fue ganarse a la nobleza catalana ofreciéndoles botín y ganancias sin tantos peligros y zozobras como los obtenidos del bandolerismo.  Alburquerque provocó así una escisión entre el bandolerismo popular y el aristocrático, persiguiendo al primero y haciendo la vista gorda con el segundo.

Por cierto que en esto seguimos cuatro siglos después. Más o menos la idea mohatrera sigue siendo mantener impune el acrisolado bandolerismo de la plutocracia catalana siempre que se guarde un cierto paripé de reconocimiento formal de la legalidad del Reino y mientras tanto jalear a covachuelistas, corchetes o escribanos contra el súbdito común: el honrado industrial, modesto artesano, voluntarioso comerciante o pacífico menestral. Status quo secular que hoy se está poniendo en peligro cuando ciertos agentes plutocráticos narcisistas y desmelenados están desafiando la autoridad formal de Su Majestad con resultado incierto para el futuro botín común.

(Continuará).

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