Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Impresiones de una Feria

En el coliseo de La Coruña, un recinto cubierto que pretende sustituir con poco éxito al viejo coso otrora derribado por mor de la especulación urbanística, se han celebrado las corridas de la feria de toros de 2013. Una tradición venida a menos, puesto que hay que decir que, gracias entre otras circunstancias al poco y desafortunado hacer del acomplejado equipo municipal, se trata de un evento que no escapa a la decadencia general de la ciudad incapaz de mantener el nivel general, y no solo económico, como importante capital española que acreditara en otros no tan lejanos tiempos.

Es sabido que el PP por desgracia aquí en Galicia se comporta como un partido nacionalista más, aunque de tapadillo, de modo que no es de extrañar que el actual alcalde tenga miedo a los galleguistas, al qué dirán o mejor, al cómo insultarán los subvencionados y oficialmente enmucetados “representantes” del pueblo gallego.

Tan es así que, en contra de la tradición acogedora y hospitalaria de la ciudad en la que nadie era forastero, la “edila” para la cosa esa tan rara de la Cultura no se ha dignado recibir siquiera al empresario que al fin al cabo viene aquí a exponer su dinero ni menos buscar como en la vecina Pontevedra una programación de festejos más atractiva durante dos fines de semana consecutivos para que la feria no decaiga. Tanta precaución para que no se le pegara algo de malvada españolidad no empece para que un cortejo fantasmagórico de (poco) Santa Compaña indigenista aprovechara la ocasión para perpetrar una manifestación antiespañola por el centro de La Coruña.

Pero también hay que decir que no toda la responsabilidad de la decadencia descansa en nuestros acobardados o maleducados próceres municipales. Algunas entidades clásicas han retirado su apoyo o mecenazgo. El público tampoco acude como en anteriores ocasiones. Desde un punto de vista liberal es lógico que actúe y sea protagonista la sociedad civil y no hay porqué criticar que se deje de subvencionar o apoyar el programa de fiestas de María Pita siempre que se aplique el mismo criterio para todos los actos festivos. Y mientras se racanea en todo lo que huela a la cultura común española, en cambio luego no haya abundante dinero oficial para eventos de tan alta importancia estética como el orgullo homo, el loquillo, Alaska o cualquier otro que al lector se le ocurra.

Sin embargo, la fiesta de los toros en La Coruña no deja de ser un símbolo de muchos de los males que aquejan a España. Y uno de ellos es la creciente falta de exigencia crítica del público ante el espectáculo vistoso y entretenido pero adocenado que se le ofrece. Si los políticos dinásticos resultan ya desacreditados actores títeres de los viejos intereses oligárquicos, mohatreros que dan pases y pases oratorios sin riesgo real ni mérito estético a una burra ciega hasta lograr aburrir a la llamada ciudadanía, el complaciente público taurino coruñés acaso no le vaya a la zaga. Sufrimos una democracia de apariencias, de pitiminí, de tente mientras cobro. Y una Tauromaquia rutinaria, sin apenas lidia ni emoción, en la que se dan pases y pases sin ton ni son, casi un remedo de la deshumanizada producción en serie criticada por Charlot en Tiempos modernos.

Así, el festejo del domingo que cerraba la mini feria coruñesa se convirtió en un desoreje que parecía adelantar la caída otoñal de las hojas.  Un público complaciente con una presidencia a juego, que pedía, y concedía, trofeos y trofeos. Hasta ocho si no he perdido la cuenta de tanta abundancia orejera.

Es verdad que los toros salmantinos de Hermanos García Rodríguez facilitaron mucho la labor, se dejaron torear si bien demostraban estar no muy sobrados de fuerzas. El sexto, segundo de Capea, resultó vilmente desgraciado en la suerte de varas. Abusó de él sin conmiseración por su estado el joven torero salmantino sin querer darse por enterado de que se estaba aprovechando de un ya pobre inválido. El tercero y primero de su lote era un carretón, una máquina de embestir con nobleza y fijeza que otro diestro acaso hubiera toreado con mayor mérito estético hasta lograr una faena memorable. Lástima que fallara a la primera pero la segunda fue una gran estocada en el mismo hoyo de las agujas.

Pero la nobleza y buen juego general de los toros evidenció la vulgaridad creciente de la moderna tauromaquia de los mil pases.  Mucho pase fuera de sitio, mucha duración de las faenas hasta casi el borde del aviso presidencial, pero poco peligro aparente y escasa emoción.

El Fandi se lució en el tercio de banderillas como en él es habitual. Demostró una vez más ser todo un atleta de grandísimas condiciones físicas. Fue muy aplaudido cuando mostró sus habilidades en la suerte del violín.

El Cordobés, que reaparecía tras un percance, estuvo en su línea de profesional experimentado del espectáculo que ni torea ni falta que le hace. Se hartó a dar pases y pases más o menos efectistas, casi siempre fuera de sitio o con el pico de la muleta.

Si los tercios de muleta resultaban previsibles en lo común, me divirtió el toreo de capa. Variado, espectacular y con bellos momentos estéticos.

Los toros se arrancaron al caballo desde su sitio y con alegría y decisión.

Pero una y otra vez, pese a su bravura o nobleza, se muestra la escasa fuerza de los toros actuales para soportar siquiera una buena vara.

Mientras parte del público pedía música otros aficionados a la manera del Goethe moribundo solicitaban “Luz, más luz”. Y es que durante el segundo y el tercero toros se hicieron patentes las consecuencias de la enésima subida del recibo de la luz, los recortes, la austeridad y casi hubo que torear a oscuras. Una tauromaquia entre penumbra, de catacumbas, en la que los menguados aficionados arrojados a los leones hambrientos de la crisis casi parecen cristianos de los primeros tiempos. Y acorde con la más bien oscura suerte de la Fiesta española en La Coruña, ahora ninguneada y luego acaso perseguida con saña por el Nerón galleguista autonómico o municipal de turno.

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