Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Del spleen a la saudade

Rosalía y Baudelaire, poetas malditos

No sé si algún autor ha dedicado tiempo a comparar peripecias personales y sentimientos expresados en sus obras por dos grandes poetas decimonónicos que mantuvieron una desasosegada, casi desesperada actitud hacia la vida. Muy diferentes en tantos conceptos empezando por su sexo y el ambiente vital. La abierta cosmopolita ciudad luz en un caso, una pequeña población de mentalidad cerrada, clerical y algo aldeana, “cementerio de vivos” como la calificaba nuestra poeta, en el otro. Crítico de arte sagaz, uno, semejante en esta cualidad más bien a la universalista Pardo Bazán que a la autárquica poeta compostelana que se solía limitar a criticarse a sí misma y a los necios galleguistas bien pensantes de su época que la atacaban a veces con extremo sectarismo y ferocidad.  Carlos Baudelaire además de brillante crítico se hermanó con un alma que consideraba gemela, la de Edgar Alan Poe, del que fuera fervoroso traductor al francés. A Rosalía también le gustaba el autor norteamericano: “He leído ayer un cuento de Poe, precioso, aunque sencillo. Otro que he leído de él, de un género opuesto se parece al modo de escribir de Larra.”

 

Rosalía accedió tras la muerte de Aguirre y su boda con Murguía al relativo buen pasar de una vida de pequeña burguesía de provincias de modo que estaba lejos de practicar la “voluptuosidad del ayuno” como su paisano el genial Valle Inclán. Sin embargo, Baudelaire pasó muchas privaciones: “Por lo demás estoy tan acostumbrado a los sufrimientos físicos, sé arreglar tan bien dos camisas bajo un pantalón y un gabán destrozados que atraviesa el viento; sé adaptar con tanta destreza suelas de paja y aun de papel en los zapatos agujereados, que casi no siento más que los dolores morales

Pero si hay notables diferencias entre ambos también existen ciertas similitudes. Una infancia no muy feliz condicionada por graves circunstancias familiares: Ser hija de un sacerdote que no asumió su paternidad en un caso, la muerte del padre culto, amoroso y sensible junto al pronto segundo casamiento de su madre, en el otro. Opuestas, pues,  relaciones con el padre. Desarraigos emocionales y familiares, crisis espirituales. Silencio de Dios. La huida y el refugio.

La obra de ambos artistas es sobre todo poética aunque no falte la prosa de mérito. En el caso de la gallega cuentos largos: El caballero de las botas azules o La hija del mar.

Carlos se estrenó como escritor exponiendo sus anhelos con un sugestivo cuento de luminosas reminiscencias clásicas, El joven hechicero, donde la amargura posterior de su vida no impide una narración esperanzada sobre el poder del amor, en cuya búsqueda inicia un viaje incierto:

“La noche estaba gloriosamente bella, el trirreme, alejándose cada vez más del Pireo, dejaba tras de sí un largo rastro de luz, como un arado que surcara plata fundida. Los dos amigos permanecían en la popa, contemplaban el cielo, las tranquilas aguas y las nobles cimas del Ática y veían todas las cosas huir a su alrededor y detrás de ellos, como si viajaran en una nube y flotaran el seno del aire. Las luces y el ruido del puerto se desvanecieron gradualmente y se alzó la luna. Iluminado por su claridad el Partenón se irguió sobre la colina, pálido, solemne y solitario, como un majestuoso espíritu alerta que velara sobre todo el país”.     

La serenidad del antiguo templo y mansión de la preciosa diosa de la sabiduría se aleja también el horizonte vital de nuestro poeta, cuyo periplo, a diferencia del final feliz de su bella narración, acaba en naufragio.

Sin olvidar otra de sus narraciones famosas, La Fanfarlo, considerada casi autobiográfica en algunos aspectos. El sensible feminista Baudelaire pone en boca de madame Cosmelly un lamento de la condición femenina: “Una y otra son igualmente ignorantes. A esas míseras víctimas que se llaman niñas casaderas les falta una vergonzosa educación, quiero decir, el conocimiento de los vicios de un hombre.  Yo querría que cada una de esas pobres niñas, antes de someterse al lazo conyugal, pudiera oír en un lugar secreto y sin vista, a dos hombres conversando entre ellos de cosas de la vida y, sobre todo, de mujeres. Después de esta primera y temible prueba podrían entregarse con menos peligro a las terribles contingencias del matrimonio, conociendo el lado fuerte y flaco de sus futuros tiranos”. 

Curiosa la comparación entre la visión de la mujer de ambos poetas. Rosalía también nos expone su propia visión desolada: “¡Oh mujer! ¿Por qué siendo tan pura vienen a proyectarse sobre los blancos rayos que despide tu frente las impías sombras de los vicios de la Tierra?…todo lo que viene a formarse de sombrío y macilento en tu mirada…y a borrar las imágenes de la virtud en tu pensamiento, todo te lo transmiten ellos, todo… y sin embargo, te desprecian”.

El amor es considerado como una debilidad: “Los remordimientos son la herencia de las mujeres débiles. Ellos corroen su existencia con el recuerdo de unos placeres que hoy compraron a costa de su felicidad y que mañana pesarán sobre su alma como plomo candente. …¡Y todo esto por una debilidad!”

Pero, ¿Rosalía se refiere aquí a la peripecia amorosa de su madre o acaso a sus propias relaciones con Aguirre?

Y vuelve sobre el tema de la discriminación femenina en El domingo de ramos glosando de modo crítico cierta costumbre popular gallega de portar ramos de palmas las doncellas, cosa tabú entre las que ya no lo son cualquiera que fuese su estado civil. Una curiosa fenología primaveral que vendría a identificar a la mujer más con la Naturaleza que con la Cultura. Este texto daría lugar a un incidente con los galleguistas que le haría renegar de escribir nunca más en gallego: “ni por tres, ni por seis, ni por nueve mil reales volveré a escribir nada en nuestro dialecto

En su carta a Eduarda, bajo el seudónimo de Nicanora, pide a su fingida amiga y confidente que se aleje de la fatal tentación de la escritura: “Puedo asegurarte, amiga mía, que si el matrimonio es casi para nosotras una necesidad impuesta por la sociedad y la misma Naturaleza, las musas son un escollo y nada más. Y, por otra parte, ¿merecen ellas que uno las ame? ¿No se han hecho acaso tan ramplonas y plebeyas que acuden al primero que las invoca, siquiera sea la cabeza más vacía?”

Lo que no estorba que en la introducción a su ya citada El caballero de las botas azules invocara la ayuda de una musa quien le revela que su primer origen fue el acaso.

 

Baudelaire es famoso por su spleen mientras Rosalía por la saudade. El spleen es palabra que proviene del griego, el bazo, centro del humor de la melancolía en la vieja medicina.

Baudelaire lo asocia al tedio en su poema homónimo, el primero con número LXXIX  de los tres consecutivos de Las Flores del mal :  “Yo tengo más recuerdos que si hubiera mil años…/el tedio, fruto de la sombría incuriosidad/ Toma las proporciones de la inmortalidad…”

Saudade significa soledad para Piñeiro. De algún modo son formas de melancolía, pero acaso la diferencia, sutil, entre una y otra sea la acción o la pasividad.

Saudade tiene que ver con recuerdos, nostalgia, con un cierto instinto de muerte y de retorno o reintegración con la tierra. Novoa Santos lo asocia a la especial vinculación del gallego con el terruño. El tópico Castelao lo identifica como un sentimiento poco definible, una reminiscencia celta. Hay que aclarar que el celtismo suele valer tanto para un roto que para un descosido y resultar el equivalente galleguista del racismo decimonónico romántico de  los Arana o Prat de la Riba.  En mi forma de ver se relacionaría con un cierto sentimiento de hilozoísmo procedente de la época precristiana, no muy lejana de la actitud ya criticada por San Martín Dumiense durante la etapa sueva.

También ese instinto de muerte existe en Baudelaire: ¡Oh muerte, capitán, es tiempo ya, levemos!

Ambos poetas son víctimas que sufrieron.  No fueron bien comprendidos durante su vida.

Rosalía nos confiesa que tiene un mal que no tiene cura: “O meu mal y o meu sufrir e o meu corazón…”

Carlos, impotente, que “la necedad, el yerro, el pecado, la carroña ocupan nuestras almas, trabajan nuestros cuerpos…¡el Diablo es quien maneja los hilos que nos mueven,/  a las cosas inmundas encontramos encantos…”  o “El buen sentido nos dice que las cosas de la tierra sólo existen apenas y que la verdadera realidad no reside más que en los sueños”

Además de incomprensión, ambos padecieron alguna suerte de acoso o mobbing como se dice ahora. Quizás no supieron defenderse bien de los depredadores psicológicos y sociales, los que hoy se suelen llamar psicópatas organizacionales.

Quizás porque el mundo real del poeta es el destierro del paraíso, de la palabra perdida. De ese mundo, al cabo incomunicable, que se anhela y busca en la paradoja del lenguaje:  “Porque el más grande honor para un poeta se cifra en realizar justamente lo que se ha proyectado hacer”.

Quizás sentían el arte como refugio, como medio de búsqueda espiritual de un mundo metafísico intuido entre las brumas y nieblas naturales de Galicia o entre el humo artificial del opio. O porque “el trabajo inútil genera melancolía” según ya nos avisaba Aristóteles, pero es posible sublimar esa melancolía, ese spleen, esa saudade, en oro metafísico modelado por orfebres alquimistas de la palabra.

Baudelaire hacía suyo propio este pensamiento de Los Paraísos artificiales: “No comprendo por qué el hombre racional y espiritual se sirve de medios artificiales para llegar a la beatitud poética, puesto que el entusiasmo y la voluntad bastan para elevarlo a una existencia supernatural. Los grandes poetas, los filósofos, los profetas, son seres que, por el puro y libre ejercicio de la voluntad, consiguen llegar a un estado en el que son a la vez causa y efecto, sujeto y objeto, hipnotizador y sonámbulo”.

En la experiencia de lo numinoso, de lo sagrado existe un lugar para la música y el silencio místico que recuerda la música callada y la soledad sonora del poeta carmelita. “Y aún más que los acentos del órgano y la música sagrada, conmovióme aquel silencio místico que llena el espacio de indefinidas notas, tan sólo perceptibles al conturbado espíritu”.

Unas campanas que evocan la comunión con el terruño compostelano y la campiña próxima como una bendición sonora: Yo las amo, yo las oígo… o el famoso leit motiv wagneriano de las campanas del Santo Graal, del mundo metafísico glosado por Baudelaire en su certera y meritísima critica musical de Wagner.

El localismo de la gaita gallega popular frente a la revolución estética de la gran ópera del arte universal, de coincidencia de varias artes, el arte por excelencia.

Se ha casi olvidado hoy que los pioneros del renacimiento de la filosofía de la voluntad meditaban en la España medieval. Ligados a la cábala y al neoplatonismo de la escuela de Alejandría. A La Fuente de la Vida como Ibn Gabirol. Pulsan una nota en el diapasón cósmico tan poderosa que hace vibrar a otras almas. Un anhelo del paraíso. Un conmoverse, un ir hacia donde la estrella le llama. Un establecer puentes de oro purísimo con el Paraíso gracias al Verbo, al Principio. Del Amor a la Conciencia, de la conciencia al retorno. “Libre es mi corazón, libre mi alma y libre mi pensamiento que se alza hasta el cielo  y desciende hasta la tierra, soberbio como Luzbel y dulce como una esperanza”.

El gran Cervantes también nos lo revela con toda su sublime maestría: “La Poesía es hecha de una alquimia de tal virtud que quien sabe tratarla la volverá en oro purísimo de inestimable precio.…no ha de ser vendible de ninguna manera, no se ha de dejar tratar de los truhanes, ni del ignorante vulgo, incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en ella se encierran. Y no penséis, señor, que yo llamo aquí vulgo solamente a la gente plebeya y humilde; que todo aquel que no sabe, aunque sea señor y príncipe, puede y debe entrar en el número de vulgo, y así, el que con los requisitos que he dicho tratare a la Poesía, será famoso y estimado su nombre en todas las naciones políticas del mundo”.

Baudelaire era un hombre muy culto, gran conocedor de los clásicos. Rosalía carecía apenas de estudios o formación académica. A ninguno de los dos los calificaría el maestro Cervantes como vulgo. Al contrario, ambos poetas ven estimado su nombre a título póstumo.

Pero hubo que pagar un gran precio. Ambos asumieron o se resignaron a alguna suerte de malditismo. Una forma de anomia, de desarraigo íntimo, de profundo desconsuelo. Dice el poeta: “Nosotros podemos mirar a la muerte cara a cara; pero si supiéramos, como alguno de nosotros lo sabemos hoy, lo que es la vida humana, ¿quién (suponiendo que se lo advirtieran) podría sin temblar mirar cara a cara la hora del nacimiento?

Y en Negra sombra ese malditismo está asociado a la saudade: “Cando penso que te fuches/ negra sombra que m’ asombras…en todo estás e ti es todo/ para min y en min mesma moras, / nin m’ abandonarás nunca/ sombra que sempre m’ asombras”.

Acaso porque la concepción del hilozoísmo es diferente: en Rosalía no con el sentido iniciático de evolución de las criaturas hacía la concientización del Todo como expresa Antero de Quental en Redención, sino como testigos de los anhelos íntimos, de los sueños, “dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes ni los pájaros…”.  O “en  pensamos si no será verdad que las plantas, como los hombres, pueden ser presas de mortales nostalgias…”

Baudelaire se identifica con el albatros, una criatura tan torpe en tierra cuan ágil en el vuelo hacia las alturas. El anhelo de evolución espiritual se expresa con forma de grito casi desesperado en Las Letanías de Satán o en Castigo del orgullo o en De Profundis clamavi.

Pero sus propias señas de pertenencia a una comunidad política son diferentes. Como también lo son los estados e instituciones en ambas naciones vecinas. Baudelaire se sintió francés pese a su exilio voluntario en Bélgica.

Pobre Galicia non debes chamarte nunca española qu’ España de ti s’ olvida…” Aunque luego corregido en su madurez, errando la puntería y la diana Rosalía descarga un resentimiento irracional y sectario contra “Castilla”, injusto en lo histórico y también en lo personal cuando es así que el Madrid cultural la recibió y acogió con cordialidad. También confunde, aunque cierto que no es la única, el accidentado y ameno paisaje natural de la genuina Castilla real que no es el monótono de las estepas leonesas. Y como las almejas de su tierra se cierra dentro de su concha para regodearse en su saudade.

Rosalía, a tola, elevada al santoral galleguista, hoy es considerada una autora importante de la Literatura española de su época, que supera con creces la notoria mediocridad del parnasillo galleguista oficial. Don Emilio Castelar lo reconoce así en su famoso prólogo a la edición de Follas novas: “Rosalía, por sus libros de versos gallegos, es un astro de primera magnitud en los vastos horizontes del arte español”.

Aunque Rosalía al final renegó con contundencia del sectarismo nacionalista de la época sin embargo su tumba está recogida en el Panteón de gallegos ilustres. Acaso se pretenda guardar su fantasma bajo una pesada losa no salga a denunciar también la impostura de la mediocre cultura oficialista gallega actual. La renovada Galicia caciquil que una vez muerta y enterrada ha enmucetado su obra en un intento de desnaturalizar sus contenidos y neutralizar su potencial subversivo.

La suerte de Baudelaire también resulta paradójica. Cuenta su biógrafa y traductora al español Nydia Lamarque que con ocasión de la primera visita a su tumba en el cementerio parisino de Montparnasse se quedó escandalizada porque uno de los más grandes poetas de Francia tuviera una tumba casi clandestina sin nombre ni cruz y sus restos descansasen en el panteón de su por él tan poco querido padrastro. Protestó indignada ante el guarda que la acompañaba hasta el semi perdido lugar, quien con toda serenidad le contestó: “No importa, todo el mundo lo ama”.

 

 

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