Alfonso De la Vega

La Garita de Herbeira

Artículos, solfas y epistolarios

Los ERE del País andaluz y las profecías nacionalistas incumplidas

La gran noticia político judicial delictiva más reciente en el desgraciado y mohatrero reino borbónico de España la daba anteayer la valiente y acosada juez Alaya que investiga el famoso caso de los fraudulentos ERE andaluces. La juez, imperturbable ante el acoso y presiones que estaría sufriendo, ha fijado fianzas por más de cuatrocientos millones de euros para sindicalistas y políticos presuntos corruptos, aún cuando quede la sospecha de que si bien son todos los que están no están todos los que son. Todo un record difícil de superar.

Pero la Andalucía actual bate records: así el de probos sindicalistas de clase que podrían figurar entre la lista Forbes de millonarios planetarios. Es el resultado ¿acaso fatal? del régimen autonómico, en este caso andaluz, un régimen que ha conseguido también entre otros logros, además de la hasta ahora impunidad de sus próceres, que miles de niños se acuesten cada noche sin haber cenado. Y las cotas más altas de paro, fracaso escolar, ineficiencia social e impunidad político delictiva, a mayor gloria del caciquismo convencional o de nuevo cuño y bajo la coartada del patriotismo localista o regional de cada lugar envuelto en la bandera verdiblanca.

Repaso ahora País Andaluz, un curioso documento no muy profético ni científico, paradójicamente publicado en Cádiz por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas el año 1978 durante el periodo preautonómico, cuyo autor es Manuel Ruiz Lagos. El documento citado, muy interesante para comprender ciertos anhelos y esperanzas depositadas en el entonces futuro y hoy fracasado régimen autonómico andaluz, presenta una serie de “ideas” fuerza relacionadas con la configuración de la “nacionalidad” andaluza. Así, contra la sabiduría popular basada en la experiencia y expresada en el clásico “del jefe, del político y del mulo, cuanto más lejos más seguro”, se denuncia lo intrínsicamente perverso que es el centralismo y lo bueno que sería una Andalucía autonómica para curar sus males endémicos. O la validez del fisiocratismo para Andalucía. O la “devolución” de poderes al país andaluz. O la glosa del pionero Blas Infante, nacionalista andaluz vilmente asesinado durante la guerra civil, incluso con fotos en las que aparece disfrazado de pintoresco moro fantasmón, y de sus planteamientos políticos: el “liberalantismo”.

En el fondo adaptaciones o recreaciones lugareñas del mito rousseauniano: el hombre salvaje, en este caso el andaluz, es bueno y el Estado, España (o Madrid), le hace malo. En otras regiones españolas también se adorna la cosa nacionalista regional con clericalismo antiliberal. Tal así en Vascongadas con el pío orate Arana, o Cataluña con el meapilas Prat de la Riba. O de racismo, al que hay que añadir, además de los dos autores anteriores citados, al audaz teórico del nacionalismo galleguista, Vicente Risco.

El texto va desgranando los tópicos más singulares o románticos: la Andalucía idílica de Fernán Caballero, el programa de vertebración de Borrego, la creación del andalucismo, la ofensiva contra el general Prim de su ex colaborador contra isabelino Paul y Angulo, la autonomía municipal de Ángel Ganivet, el folclore como cultura popular de Alejandro Guichot, los aguafuertes andaluces de Eugenio Noel, las críticas a Ortega, el patriotismo de lo vulgar azoriniano, la rebelión machadiana…

Y los anhelos irredentos; la educación para la Libertad de Blanco White para superar las dos Españas, las actuaciones de la Sociedad Económica de Amigos del País andaluz…

Pero volviendo a Blas Infante, el ensayo de Ruiz Lagos glosa de modo detallado su figura y su obra a favor del nacionalismo andaluz. Su defensa de la “dictadura pedagógica” que ha de promover el comunitarismo social y conducir a la felicidad de los hombres, aumentar las riquezas del espíritu y el poder para liberarlas ¿Un probable antecedente de la zapateresca educación para la ciudadanía? Su intento de promocionar un alma colectiva de la liberación, su apoyo al programa colectivista de Costa si bien matizado con una visión fisiocrática a la andaluza. Y Ruiz Lagos nos habla de la nostalgia de Infante por la Andalucía islámica expresada en su obra teatral Motamid: “Andalucía se presenta en la historia como un dorado exilio pacífico ante las fuerzas de la barbarie norteafricana, demoledora y dictatorial y el empuje fanático intransigente de los reyes cristianos de León y Castilla”.  El tal Motamid es un islámico trasunto del propio Infante, convertido al Islam en 1924 con el nombre de Ahmad.

En efecto, para Infante, Andalucía sería el ejemplo de la liberalidad y de la tolerancia, el punto más distante de los extremismos y del fanatismo. Cosa que de ser cierta también podría achacarse, y con mayor propiedad, a la Castilla originaria de Fernán González y los jueces Nuño Rasura o Calvo Laín, o de las behetrías y fueros de libre albedrío. La calificada por el  historiador republicano Sánchez Albornoz como “un islote de hombres libres en la Europa feudal”.

Curioso modo de comprender nuestra historia común, agravado hoy con las rebatiñas pseudo ideológicas por el poder y el dinero público entre CCAA, el de achacar de modo mágico a las diferentes regiones españoles valores que en todo caso serían de la gente, de la clase dirigente o del pueblo, que hace (y deshace) instituciones a lo largo de los avatares históricos.

Desde la publicación del esperanzado y tan poco profético texto comentado han pasado ya 35 años y de algún modo los viejos problemas persisten aunque transformados. La Andalucía autonómica, lejos de haber mejorado en términos relativos, y por mucha nacionalidad que sea, sigue a la cola de España y como gran campeona de magnitudes negativas, incluidas las lacras de la incultura y del hambre. Así, pues, el problema se ha revelado que no era la autonomía del pueblo andaluz más o menos desligado de la suerte del resto del pueblo español. Ni el que los andaluces fuesen mejores que el resto del pueblo español y bastaría librarse de la servidumbre de Madrid para alcanzar una anhelada edad de oro a la andaluza. La corrupción andaluza, tan bien retratada ya por Cervantes durante el Siglo de Oro en su magistral Rinconete y Cortadillo, se ha reforzado porque la oligarquía necesita ahora atraer y sobornar a los nuevos y abundantes agentes políticos del régimen, que ya no son exactamente los manijeros del voto del caciquismo tradicional. El Monipodio sevillano clásico se ha adaptado a los modernos tiempos autonómicos. Las organizaciones supuestamente populares y de izquierda están profundamente corrompidas por la impunidad propia del barroco sistema autonómico que dificulta e incluso impide el juego de alternancia política, promocionando a los más ineptos y corruptos en detrimento de los mejores, de la verdadera aristocracia popular del mérito.

Acaso porque en España persiste el doble sistema político denunciado hace ya más de un siglo por Joaquín Costa, entre otros: El ropaje legal de Monarquía parlamentaria que encubre un sistema real de oligarquía reforzada ahora por el nuevo caciquismo, la usurpación de la representación popular por un degradado duopolio partitocrático junto a la acción desestabilizadora de la economía real por parte del globalizado gran capital financiero internacional.

Acaso porque la hipertrofia política y la arbitrariedad e incompetencia administrativa generada por el sistema autonómico añadido al enjambre normativo de Bruselas engordan la gusanera.

Pero, por desgracia para los españoles y sus derechos civiles y económicos, el actual régimen autonómico ha fracasado y representa un poderoso obstáculo para el desarrollo moral, económico, político e intelectual del pueblo español así como para establecer verdaderas instituciones liberales y democráticas con la indispensable separación de poderes. Mientras más se tarde en reconocer esta lamentable realidad más difícil y penosa resultará una eventual salida de la crisis. Que no es solo económica y financiera sino institucional.

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